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Crítica:

Autobiografía de un cómico

Para muchos españoles un mantel de hule es mucho más que un artículo doméstico. En realidad, es un símbolo de toda una época de la historia de este país que ha marcado las vidas de varias generaciones. Por ello, uno puede imaginarse con facilidad a una familia entera en torno a un mantel de hule a través de unos pocos gestos de un buen cómico. Alrededor de una mesa, con las melodías de la radio y las surrealistas conversaciones de los mayores como fondo, transcurrió parte de la infancia andaluza de Rafael Álvarez, El Brujo, y la de tantos otros millones de personas que crecieron en los años cincuenta y sesenta. Con esas vivencias como materia prima el cómico ha construido un espectáculo, Una noche con El Brujo, que ha recorrido varias ciudades y ahora recala en Madrid.

UNA NOCHE CON EL BRUJO

Monólogo interpretado y dirigido por Rafael Álvarez, El Brujo,

Teatro Infanta Isabel. Madrid.

Hasta el 30 de noviembre.

Concebido como una lectura dramatizada de clásicos admirados por El Brujo, como Quevedo, santa Teresa de Jesús o fray Luis de León, el montaje ha derivado en un relato más autobiográfico que de homenaje a figuras de la literatura. De este modo, el actor intercala evocaciones costumbristas con comentarios sobre la actualidad de tal modo que desfilan desde el cura de su pueblo a Alberto Ruiz-Gallardón, desde los padres del actor a la política de subvenciones teatrales. El Brujo se identifica, sin duda, y así lo confiesa, con Dario Fo y con su papel de juglar irreverente, de cómico en solitario y que, a partir de un hilo conductor, improvisa un monólogo con el público durante hora y media. Hemos escrito monólogo, pero en realidad deberíamos decir diálogo porque las risas, los silencios, los susurros y las emociones de los espectadores sirven al actor para graduar, para subrayar unas cosas u otras, para definir el ritmo...

Esa complicidad con el público la consiguen muy pocos actores y El Brujo es uno de ellos. Formado en el teatro clásico y en los grupos independientes, la carrera de Rafael Álvarez ha transitado por los escenarios, pero también por el cine y por la televisión. Ahora bien, su consolidación definitiva y su popularidad han venido de la mano de estos montajes en solitario donde con una escenografía mínima ("es muy moderna", comenta El Brujo con ironía) y vestido con un frac logra una mezcla de humor y lirismo capaz de agradar a públicos muy diversos. El espectáculo bascula entre el humor cáustico, que, a veces, se regodea demasiado en lo escatológico, y un toque poético. De esa combinación surge un monólogo que suscita más la sonrisa que la carcajada desde una actitud de nostalgia y reivindicación por parte del cómico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 9 de septiembre de 2008