Tomás Gómez Franco, vecino de Parla, tiene claro que camina hacia la Puerta del Sol y espera relevar en 2011 a Esperanza Aguirre. Pero aún está por ver si va a llegar allí por uno de los variados caminos que ya conducen a la casa de la gobernación desde siempre o por un camino nuevo y arriesgado en cuya construcción se tendrían que emplear ahora los socialistas de Madrid. Por ahora, es un hecho cierto que el Partido Socialista es bastante invisible en esta Comunidad. Y con toda seguridad Telemadrid y los aparatos de propaganda de sus adversarios políticos no colaboran precisamente a su visibilidad; sólo faltaba. También es posible que el funcionamiento del Parlamento regional obstaculice una adecuada exhibición de la tarea opositora de los socialistas madrileños. Pero, a pesar de todo, mucho me temo que se lo merecen, que si hasta ahora no han vendido más es porque tenían poco que vender. Bien es verdad que teniendo poco que vender eran más visibles cuando estaban peor, es decir, antes de la limpieza, cuando las aguas bajaban turbias por debajo de la casa socialista, pero justo esa visibilidad, más bien mostrenca, los alejó de sus votantes. Supongo que ahora, teniendo en cuenta que para perseguir el éxito en la venta de algo es necesario abordar primero una prospectiva de mercado, habrán llegado a su Congreso de este pasado fin de semana con un perfil muy claro del cliente. Ya sé que términos como clientela y venta pueden originar una cierta inquietud cuando de valores políticos se trata, y más en el partido que nos trajo a Tamayo y Sáez, pero a veces, siempre que los negocios y las empresas sean decentes, es oportuna la comparación de la gestión de los partidos con la de las empresas y de la política con los negocios. Ahí tienen a Mariano Rajoy, que no disimula que busca hacerse con clientes de José Luis Rodríguez Zapatero. O a Zapatero, con algunos indicios de cambio en su gobierno que han podido alentar la sospecha de que buscaba la cartera de clientes de Rajoy. Pero mientras la política va perdiendo corazón en la escena internacional, aunque cualquier líder capaz de emocionar arrasa, el mercado ha procedido con astucia a la mercantilización de los sentimientos. Las crisis económicas, además, suelen forzar cambios que en una sociedad en la que siempre pierden los más débiles, son tomadas por la derecha como una apuesta por la realidad que estima un atributo suyo y de Corbacho.
Términos como clientela y venta pueden originar inquietud cuando de valores políticos se trata
Por eso, volviendo a la prospección de mercado, bueno es que el PSM la haya hecho ya, si es que la ha hecho, para conocer a sus clientes potenciales, primero, y satisfacerlos después con un producto que les resulte atractivo. Le tocaba hacer ahora una oferta concreta, y al parecer ha cumplido. Trata de ahondar supuestamente en las propias raíces socialistas, reciclando sus propios materiales y modernizando sus ideas para ofrecer el cambio real que la Comunidad y sus municipios demandan. Menos mal que no ha optado en términos generales por una lectura de la hipotética prospección de mercado que pudiera llevarle a complacer sin más la demanda de una clientela que se obstina en sus propias limitaciones, se somete a sus inercias y defiende sus intereses y sus rutinas cuando no sus perversiones. Nada bien le vendría al PSM que, desolado por sus derrotas ante el éxito de lo establecido, aunque su flamante secretario general se haya autodefinido como un hombre práctico, tratara de optar en algún momento por copiar a su competencia, con un único fin, necesario sin duda: atraerse más clientela.
No me extrañó por eso que, mientras algunos militantes sin expectativas de cargo se quejaban en los pasillos del Congreso de este fin de semana de la invisibilidad de su partido, la joven secretaria de Organización del PSOE prometiera que no iban a dedicar la convención a hablar de ellos mismos, costumbre muy arraigada en las formaciones políticas de toda índole, y en la de los socialistas madrileños muy particularmente, sobre todo porque cuando se emplean en intercambiar cromos y se obstinan en conspiraciones internas exhiben por lo general lo peor de sí mismos. Pero la muy preparada reflexión sin sorpresas a la que acaban de someterse, con aspectos criticables para todos los gustos, es posible que los lleve al fin a resolver los deseos de visibilidad de sus militantes y seguidores, no por mero afán de hacerse notorios, sino por la decisión de ofrecer una alternativa a la nueva sociedad madrileña. Y digo nueva sociedad madrileña por emplear los términos que ellos mismos han empleado en estos días, seguro de que son conscientes de la complejidad de eso que llaman sociedad madrileña y de que deben saber muy bien que Madrid, como rompeolas que es, muy ágil en su renovación y en constante cambio por su propia cuenta, es una sociedad de sociedades.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 9 de septiembre de 2008