Nos pasa lo que dice Savater; tendemos a "desmalificar el mal". Lo de Babel era una maldición, pero ahora priorizamos segundas lenguas regionales creyéndolas más "propias" cuanto más características, minoritarias, excluyentes. Promocionamos a quienes las hablan como si estuvieran haciendo un bien social, y se nos exige colaboración en este asunto como si fuera cuestión de "respeto". Lo que se respeta es que una minoría juegue con ventaja injustamente. El castellano, único idioma que en España hablamos todos, es el único exigible cuando lo que se exige es entenderse. La "normalización lingüística" es un esfuerzo por desentenderse, apelando a la rica diversidad de las regiones, por parte de las comunidades que más coactivamente imponen su homogeneidad puertas adentro vulnerando los derechos de sus minorías y del resto de los españoles. Frente a la cultura, anteponen "las culturas"; pero la diversidad no implica riqueza. Ahora se fomenta una multiculturalidad de compartimentos estancos. Mediante kaikus, txistus, dantzas y aurreskus hay quienes buscan, tras el derecho a la diferencia, la diferencia de derechos. Como si el folclore fuese el fundamento de su cultura. Como si el Derecho Romano, la Reconquista o la Revolución Francesa no pesaran más en ella que todas las piedras de todos los harrijasotzailes de cualquier mundillo idealizado.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 2009