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Tribuna:LAS ELECCIONES DEL 1-M

Las dos Begoñas

La proximidad de las elecciones ha desatado, como ocurre siempre que se producen elecciones, las ocurrencias, las interpretaciones gratuitas, las premoniciones e, incluso, los agüeros. Muchas cabezas de vascos y vascas, al escuchar el anuncio de que las elecciones se celebrarán el 1 de marzo se convirtieron en procesadores. ¿De datos? Sí, de datos, aunque no todos ellos fidedignos, porque en periodo electoral todo se vuelve dudoso y se presta a cualquier tipo de especulación, incluidas la idoneidad y característica del propio día del evento.

Los datos proceden de fuentes variopintas: de las conversaciones entre amigos, de las afirmaciones de los compañeros de txoko (antes y después de las partidas de naipes y las copas de rigor), de los titulares de las revistas y los periódicos, de las altisonantes opiniones de tertulianos radiofónicos y televisivos, de los organismos que se dedican a hacer sondeos y analizar los resultados. Son tantas las fuentes que los ciudadanos se sienten desbordados por las interpretaciones y, en muchos casos, imposibilitados para interpretar cuanto en aluvión llega a sus mentes inquietas. Porque lo que no nos asiste a nadie cuando nos aventuramos a interpretar meros signos y presagios es la infalibilidad. Bien puede decirse que los periodos electorales son a la vez tiempos de pesquisas, de entusiasmos y de ilusiones. Tienen algo de misteriosos a la espera del recuento de votos, que constituye el momento de la verdad.

La posición del PSE es la mejor desde la llegada de la democracia a Euskadi

Que los ciudadanos pesquisen o auguren es lo lógico; sin embargo, los estrategas de las formaciones políticas parecen estar haciendo lo mismo cuando, en un alarde de perspicacia, anuncian en plena campaña las intenciones de las otras formaciones para el día siguiente al electoral. Pero no, no es tal; se trata de estrategias, aunque sean políticas y no militares. Porque las estrategias fueron, en principio, las artes utilizadas para dirigir las operaciones militares. Toda operación militar persigue objetivos concretos. La toma de la Bastilla para un militar es equiparable a la ocupación de Ajuria Enea; claro está que la una lo fue mediante las armas y la otra tiene que serlo mediante los votos.

En esas estamos en nuestra Euskadi en vísperas del 1 de marzo. Los estrategas de los partidos tienen claro que el inquilinato de Ajuria Enea está en el aire porque los tiempos políticos han sido procelosos y crueles. Sus ventanas, tras cuyos cristales ha visto amanecer Begoña, la esposa del aún lehendakari Ibarretxe, durante diez largos años, están dispuestas a mostrar el rostro de otra Begoña, esta vez la esposa del candidato socialista, Patxi López, para ver amanecer. Tal es el panorama. Si los vascos y las vascas prefieren seguir alimentando crispaciones e incertidumbres, será la Begoña de cabellos claros la que mire a las nubes desde Ajuria Enea, pero si desean realmente que reine la serenidad, la discreción y el ansia de acuerdo, será la Begoña de cabellos oscuros la que vea amanecer desde las grietas rectilíneas que dibujen los visillos de la residencia gubernamental.

(Me he ido algo del asunto, lo cual no es extraño tras haber acudido a mi memoria ambas Begoñas. Vuelvo a él). Resulta curioso de qué modo están actuando los estrategas, contradicción tras contradicción, empeñados en cosechar votos en campos yermos para sus pretensiones. Es extraño que en estos tiempos, en que tanto se habla de las bondades del diálogo, del acuerdo y del consenso, los líderes políticos demonicen los contactos y posibles acuerdos entre partidos, siempre salvando aquellos que tengan lugar con sus propias formaciones.

Los líderes del PNV se han apresurado a proclamar que el PSE va a unir sus escaños a los del PP con la artera y única meta de desbancar al PNV del Gobierno vasco. Al mismo tiempo, los del PP no cesan de anunciar que el PSE cederá sus escaños al PNV para que continúe. No paran ahí las especulaciones, porque incluso quienes no tienen duda de su papel de figurantes durante los últimos gobiernos de Ibarretxe (EA y EB) denuncian que el PNV va a cambiar la coalición de gobierno, insinuando que serán ellos los expulsados de ella para dar entrada al PSE.

En este maremágnum no faltan quienes dejan caer un chorrito de tabasco: la llamada izquierda abertzale (vulgo, Batasuna) también hace sus pinitos provocando debates, felizmente superados, sobre la necesidad e idoneidad de su presencia en la lucha electoral de la democracia que con tanto descaro y desvergüenza cuestionan y degradan. En este cruce de estrategias sólo el PSE se mantiene sigiloso, a sabiendas de que su posición es buena, la mejor en que ha estado desde la llegada de la democracia a Euskadi, y de que goza de un buen bagaje de confianza como consecuencia de su trayectoria responsable desde que Patxi López tomo las riendas de la nave.

Pues bien, en este paisaje archiconocido por la gran mayoría de los vascos y las vascas los estrategas intentan marcar trazos que tergiversen la realidad, emborronando los caminos de los otros y remarcando nítidamente los suyos para que sólo ellos puedan llamar la atención. Vano empeño en una sociedad como la vasca, imperfecta como todas las demás, pero mucho más avezada que otras tras haber vivido los últimos treinta años envuelta en la quimera nacionalista, amenazada por el terrorismo cruel, y sometida a un debate continuamente crispado sobre la relación de Euskadi con España, es decir cuestionando el marco institucional y legislativo que rige nuestros comportamientos y nuestras vidas. La quimera nacionalista se empeñó en convencer a los vascos que eran "huérfanos" porque pertenecían a una Nación sin Estado. Ahora se trata de que, descubierta la falacia, los vascos actúen a sabiendas de que no son (nunca lo han sido) "huérfanos" porque hay un Estado -España-, y un Estado de Derecho que les protege como ciudadanos, como pueblo y como nación. Tras treinta años de quimera bueno será que venga la reflexión serena, que siempre ayuda a vivir mucho más y mejor que lo imaginario.

Es el tiempo de los ciudadanos. La democracia, basada en la existencia de partidos políticos y en ellos sustentada, necesita protegerse. Será bueno, por tanto, que los partidos preserven su representatividad social, convirtiéndose en servidores de los ciudadanos y no en engatusadores interesados. El futuro será el que quieran los ciudadanos. Ha sido tal el ajetreo al que han sido sometidos por los titubeos y zigzagueos del nacionalismo que sería saludable para la democracia que se les dejara reflexionar tranquilos. Lo mejor será que, cuando acudan a depositar su voto, lo hagan convencidos de que desean ser gobernados por aquel a quien votan. Que no voten a alguien sólo para que no gobierne aquel a quien no votan. Sólo de este modo se acrecentará nuestra fe y confianza democráticas, que es algo de lo que la sociedad vasca está falta.

Quienes dicen estar preparados e ilusionados para dirigir un gobierno de la democracia no pueden pasarse el tiempo desconfiando de ella. Los continuos desafíos de Ibarretxe para con ella, sus desobediencias y la condescendencia mostrada (aunque fuera crítica) con quienes tanto han deseado destruirla no le hacen ningún favor para el 1 de marzo, porque los vascos y las vascas, cuando están a solas y recapacitan, tienen en cuenta muchos factores, algunos de ellos tan secretos y poderosos que llegan a doblegar su fe. Me refiero a la nacionalista, claro está.

Josu Montalbán es diputado del PSE por Vizcaya

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 2009