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COLUMNA

El anillo

Hoy, como dice la canción de Serrat, puede ser un gran día para Patxi López. Salvo sorpresa mayúscula o inesperado aplazamiento a mañana de la votación (dado el carácter maratoniano del pleno); todo apunta a que el dirigente socialista terminará la jornada como el primer político ajeno al PNV que consigue la confianza del Parlamento vasco para desempeñar el cargo de lehendakari. La alternancia de diferentes partidos en el poder y su percepción como un proceso absolutamente normal por parte de la ciudadanía constituyen una de las bases de los sistemas democráticos sólidamente establecidos. Un anquilosamiento del mismo grupo en el poder durante décadas nos acercaría a modelos políticos tan poco edificantes como el mexicano. Es por ello que la previsible sustitución de Ibarretxe por López no debería suscitar mayores polémicas, si no concurrieran en el caso algunos elementos de excepcionalidad.

En primer lugar, para que la aritmética parlamentaria pueda aupar a la presidencia a un socialista, previamente, ha sido requisito imprescindible la ilegalización de las listas de la izquierda abertzale oficial. Por otro lado, un pacto PSOE-PP sería impensable en cualquier otro lugar del Estado (con la salvedad de Navarra, claro está), lo que refuerza el carácter diferenciador de la autonomía vasca; algo tantas veces negado desde Madrid. Excepcionalidad que se ve acentuada por la permanente amenaza de ETA contra los representantes de estas dos fuerzas políticas.

En esa fantástica alegoría sobre lo difícil que resulta abandonar el poder que es El Señor de los Anillos, Frodo sólo consigue despojarse de su joya, gracias a que Gollum le arranca el dedo de un mordisco. En el momento culminante el "hobbit ejemplar" también duda y se resiste a desprenderse de su anillo mágico.

Desde que en la misma noche de las elecciones se conoció que el PNV lo iba a tener prácticamente imposible para mantener la Lehendakaritza, su actitud me ha recordado a la de ese Frodo que sabe que tiene que destruir el anillo, pero que carece de la voluntad necesaria para hacerlo.

Su apego al poder termina por nublarle la mente. Para evitar este tipo de tentaciones (atornillamiento a la poltrona), algunos sistemas imponen la elemental cautela de limitar el número de mandatos. Es lo que ocurre con la Enmienda 22 de la Constitución norteamericana, que establece que "ninguna persona podrá ser elegida más de dos veces para el cargo de Presidente". Se trataba de evitar que se repitiesen casos como el de Roosevelt, quien ocupó la Casa Blanca durante doce años.

A este lado del Atlántico las presidencias son más longevas. Pujol estuvo al frente de la Generalitat 23 años, Chaves lideró la Junta de Andalucía durante 19 y Fraga encabezó la Xunta a lo largo de 15. Frente a estas cifras, los diez años largos de Ibarretxe parecen insignificantes. ¿En cuánto quedará la marca de Patxi López?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 5 de mayo de 2009