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AL CIERRE

La 'Comedia' de Castellucci

Ha habido en la ciudad un derroche de arte: la radical lectura de la Divina Comedia del director italiano Romeo Castellucci (Cesena, 1960). Realizada en tres partes, la primera, Inferno, fue elogiada por Begoña Barrena hace unos días, pero es difícil resistirse a evocar algunas de las inconmensurables imágenes de esta propuesta. Ese hombre solo, trepando lentamente por la cantera del Grec, adentrándose en el bosque que la domina y encaramándose al ciprés más alto te planta de golpe ante la pregunta que se ha hecho todo lector de la Comedia: ¿quién es ese hombre y qué cosa tan grave le ha ocurrido para que en la mitad de su vida se haya perdido en la hórrida foresta oscura?

En ese misterio irresuelto y angustioso comienza el viaje. Por el camino, en la versión de Castellucci, el poeta se encuentra con perros de presa que le atacan -una escena de una violencia inusitada-, un caballo blanco rociado por litros de sangre y un limbo que es una caja de vidrio -reflectante: el público queda incluido en el sobrecogedor cuadro- en cuyo interior una decena de niños de dos o tres años juegan absortos. Nunca nadie me había explicado tan lúcidamente la atrocidad de esa sección del infierno, hoy finiquitada, a la que van a parar los no bautizados y hasta el propio Virgilio por el mero hecho de haber nacido "nel tempo degli dei falsi e bugiardi" (en tiempos de los dioses falsos y mentirosos). Una injusticia inasumible.

Nunca nadie me había explicado tan lúcidamente la atrocidad del limbo

El Paradiso era una performance que tuvo lugar en La Capella de la calle del Hospital. Por una portezuela baja te metías en un cubo blanco fuertemente iluminado, en una de cuyas paredes descubrías un agujero negro. Te metías por él y accedías a una habitación completamente oscura, donde te impactaba el ruido del agua cayendo desde la altura. A poco que la retina se adaptaba a la penumbra, divisabas en lo alto, bajo los chorros a presión, un medio torso desnudo que extendía los brazos, dibujando ora unas alas espectrales ora un gesto de súplica. El paraíso es el más cerrado y obsesionante de los tres libros.

En cuanto al Purgatorio -última representación, esta noche-, me remito a la conmovida crónica de Jacinto Antón publicada el 2 de junio. Teatro a lo grande.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 7 de julio de 2009