Todo el invierno suspirando por el calor y ahora ha llegado como una maldición, como uno de esos sueños que se tornan pesadillas al hacerse realidad. Hace unos meses la nieve nos inmovilizó. Madrid quedó prensada por el hielo, se pararon los coches en medio de la M-40, se interrumpieron las señales de televisión, se colapsó la cobertura de los móviles. Pero es el sofoco la auténtica anestesia, el verdadero Demerol paralizante. El frío convierte a Madrid en una cárcel urbana, pero el bochorno nos encierra en nuestro propio cuerpo ardiente.
La semana pasada se superaron los 35 grados. Quizá el asfalto de la calle del Arenal no se derritió más que otros años en julio, pero este verano el calor se ha presentado cruelmente. Sorteando los boxes de la primavera, el sol se ha posado súbitamente sobre nuestras cabezas como el foco de un interrogado, como un sombrero mexicano, como un platillo volante poco amistoso. Y aquí no hay salida.
El frío convierte a Madrid en una cárcel, pero el bochorno nos encierra en nuestro cuerpo ardiente
Los madrileños vivimos en el punto de partida de todas las carreteras de España; sin embargo, en estos momentos caniculares, nos sentimos en una ratonera. Esta meseta resulta un "usted se encuentra aquí" lejos de todo, un altar sacrificial ofreciéndose sin parapeto al cielo prendido, rodeado de un desierto sin noticias del mar. El antídoto al calor es Daikin, las piscinas y la sierra. Olvidadas durante el resto del año, de repente Navacerrada, Manzanares el Real o Guadarrama surgen como un lenitivo porque en el centro de la ciudad las terrazas, a pesar de sus nuevos métodos de ventilación con aspersión, siguen siendo paredones térmicos, y el refugio climatizado de El Corte Inglés y el resto de los grandes comercios es efímero.
Y es en ese centro incandescente donde vemos a los turistas con sus botellitas de agua mineral, sus gorras y sus mochilas, y sentimos compasión. Porque Madrid no merece la pena ese sufrimiento, no al menos este Madrid incendiado. Esta ciudad no está concebida para ser visitada a 40 grados, ya no sólo por la incomodidad de los paseos, sino porque hoy y así, en llamas, nadie la quiere. Es absurdo pretender conquistar una capital o dejarte seducir por ella cuando sus habitantes están huyendo. Ya ha comenzado la Operación Salida. Los madrileños abandonan sus calles desolladas por las taladradoras, sus casas interiores, los bares con ventiladores agonizantes, sus trabajos que son, en realidad, el lugar más inhóspito y absurdo del verano.
Es cierto que nosotros haremos lo mismo: viajaremos en agosto a las ciudades hirvientes de esos turistas para encontrarnos con una población calcinada. Lo ideal sería visitar las metrópolis en su momento óptimo. Hay urbes que parecen concebidas para vivirse en un momento del año determinado, territorios que alcanzan su verdadera identidad, su culmen de belleza o personalidad en una época del año concreta. Trieste es una ciudad de invierno; Buenos Aires, de otoño; Tánger, de primavera; Múnich, de verano.
Madrid, sin embargo, no tiene una estación propia, igual que hay actores que no poseen un perfil bueno. Esta villa es agradecida cuando la acaricia el viento de septiembre o la mirada de abril, pero su esencia no está en el tiempo, sino en los espacios. Madrid es una ciudad de lugares, de pequeños rincones en los parques, en los sótanos de los garitos, en el césped de las facultades, en los improvisados campos de fútbol, en los reservados de los restaurantes tailandeses, en las tiendas insólitas, en los cines sin palomitas, en los museos sin cola, en los hoteles sin recepción.
El encanto de Madrid no se lo llevan las Canon de los turistas abrasados a las cuatro de la tarde ni las de esos otros ateridos por el invierno de celofán. El Madrid que vale la pena no se lo lleva nadie. No viaja en verano con los madrileños que presumen de él en los pueblos de la costa ni tampoco nos puede servir continuamente de consuelo aquí, en estas horas de fuego. El Madrid que nos hace regresar cada año del mar y cada tarde de calor de la sombra morada de su sierra es impredecible, son pequeñas primaveras, pequeños otoños y pequeños inviernos surgidos en los sitios más inesperados en los momentos más oportunos. Pequeñas estaciones que duran a veces unos minutos y a veces segundos, instantes que nos recuerdan que Madrid es donde hay que estar.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 7 de julio de 2009