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Reportaje:

El mueble que murió por culpa del jabón

El Disseny Hub Barcelona repasa la historia del tocador como auxiliar de la belleza

El agua y el jabón mataron un mueble: el tocador. A partir del siglo XIX, los avances médicos aconsejaron a mujeres y a hombres apostar por la higiene y el aseo como paso previo a la belleza exterior. Así comenzó el declive, a favor del lavabo, de un enser doméstico que llegó a ser más que un simple conjunto de cajones, compartimentos para afeites y un espejo, hasta convertirse en un auténtico símbolo de poderío social y económico.

Para entender la evolución histórica y la variedad de formas de este mueble, el Disseny Hub Barcelona acoge, hasta el 1 de noviembre, la exposición gratuita Tocadors. Col·lecció del Museu de les Arts Decoratives de Barcelona, que reúne 17 tocadores producidos en Cataluña desde el siglo XVIII.

Las joyas acabaron cobijadas en estas piezas, lo que subió su valor social

Los orígenes del tocador, "mueble de la belleza" por excelencia, según Mónica Piera, doctora en Historia del Arte y comisaria de la exposición, se remontan como mínimo a la civilización egipcia. Algunos de los más antiguos se conservan en el Museo Egipcio de Turín. Pero fue la nobleza francesa de mediados del siglo XVIII la que llevó el ritual social de la toilette a su máxima expresión. Los tocadores se convirtieron en auténticas obras de arte y muebles principales del dormitorio al servicio del lujo de la corte de Luis XV y de su amante oficial más famosa, Madame Pompadour.

En la exposición se pueden ver algunas piezas características de la producción autóctona, como la cómoda tocador de influencia inglesa. Las relaciones comerciales de la nobleza catalana con Londres hicieron que el modelo anglosajón prevaleciera sobre el francés hasta bien entrado el siglo XIX. Con la industrialización, el mueble empezó a introducirse en las casas de las clases medias, "por lo que no es extraño que aún hoy muchos conserven la imagen de infancia del tocador de la abuela o de la madre", apunta Piera.

Se abarataron las técnicas de producción y la madera local, el nogal, fue sustituida por otras de importación como la caoba, proveniente de América, o el okume, de origen africano, que están representadas en la exposición. Precisamente, en ella muchas de las piezas aparecen abiertas y desplegadas. El museo justifica esta presentación porque "a diferencia de una escultura o un cuadro, los muebles sólo tienen sentido cuando son usados".

Pero no sólo de afeites vivió el tocador. Su gran valor como objeto de representación social se debe sobre todo a que los tocadores eran los depósitos de las joyas de las esposas, a menudo simples usufructuarias de los abalorios, propiedad de sus maridos. De ahí que aunque existen piezas diseñadas para hombres, como la barbera que también se muestra en la exposición, este mueble fuera una pieza genuinamente femenina.

Pocos objetos han llegado a representar la sofisticación como lo han hecho los tocadores de señoras. "Hoy el símbolo de ostentación ya no se encuentra en el interior de las casas. El coche o las marcas han ocupado la función social que solía desempeñar el tocador", reflexiona Piera. Además, con los años el espacio en las habitaciones se ha reducido y la demanda de tocadores se ha convertido en algo bastante residual. Tampoco el tiempo que las mujeres dedican a peinarse y arreglarse es hoy el mismo. El viejo tocador ha pasado a ser un simple juguete infantil, quizá un poco cursi. O directamente una pieza de museo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de agosto de 2009