La Uno de RTVE ha acabado el curso como la cadena más vista, rompiendo con cuatro años de liderazgo de Telecinco. El éxito de la televisión pública se ha conseguido con menos fútbol y menos telebasura que la mayoría, con unos dignos informativos y, en general, con una programación de la que resulta difícil destacar algo, pero a la que no le falta de nada.
En estas últimas temporadas, Televisión Española ha lidiado de forma satisfactoria con uno de los asuntos más delicados: los servicios informativos. Frente al partidismo y las grescas de épocas anteriores, la cadena pública ha exhibido buenos profesionales y ha sabido mantener los telediarios en puestos de liderazgo.
Tal vez como premio a esta hazaña, los políticos parecen decididos a ponerle las cosas más difíciles: a partir de enero no tendrá publicidad, ni podrá pujar para emitir los grandes espectáculos deportivos y las películas yanquis no podrán ser más de 51. Tal vez TVE acabe convertida en una una cadena de misas, bailes y desfiles.
Los profesionales de TVE han cometido dos pecados imperdonables en la vida española: arreglar un entuerto público (lo que deja en evidencia al político) y segundo, y más grave, poner coto al servilismo de TVE hacia el partido gobernante.
Una televisión independiente no interesa a los políticos que mandan ni a los que aspiran a mandar; no interesa a los gobiernos nacionales ni a los autonómicos.
Bien sea por la fragmentación de las audiencias o por su independencia, la televisión pública tiene los días contados (las zafias Telemadrid y la valenciana Canal 9, cadenas descaradamente utilizadas para el beneficio de los gobiernos de esas comunidades autónomas, en detrimento del interés ciudadano, no tienen de qué preocuparse).
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de agosto de 2009