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COLUMNA

Porque se puede

La prostitución pública y la cutrez generalizada en La Rambla no son fenómenos únicos en el mundo, aunque, es verdad, no resulte frecuente contemplarlos con tanta intensidad en el hemisferio norte. Tampoco son únicos disturbios como los de Pozuelo. Y no hace falta recurrir a las periódicas inflamaciones de los suburbios parisinos. En Campo dei Fiori, la plaza más popular del centro de Roma, hay bronca más o menos multitudinaria casi cada fin de semana, y alguna de esas broncas se convierte en batalla campal contra la policía.

La Stampa viene denunciando estas últimas semanas la degradación del centro urbano de Turín. Cito un párrafo del diario de ayer mismo: "Las calles se ven invadidas por inciviles y borrachuzos que a partir de una cierta hora se cargan lo que encuentran por delante: sea un banco que romper a pedazos, un coche al que romper los retrovisores o las lunetas, un portal contra el que orinar, una señal de tráfico que arrancar".

El coste de 'salvajear' por el centro de una ciudad europea tiende a cero. ¿Por qué no darse una descarga de adrenalina?

En Madrid, sea en los aledaños de la Gran Vía, sea en Lavapiés, estos fenómenos tampoco son nuevos ni raros.

Podría teorizarse en abundancia sobre las causas de este desprecio hacia los bienes públicos. De hecho, hay mucha gente que se gana la vida teorizando: exclusión, marginación, alienación, paro juvenil, videojuegos, cultura de la violencia, desintegración familiar, colapso de la autoridad; en fin, lo que quieran.

Yo sospecho que existe una razón más simple. Creo que las cosas se hacen porque se pueden hacer. Dentro de lo estúpidos que en general somos todos, los humanos solemos efectuar continuos análisis de costes. Son, por supuesto, análisis muy elementales y cortoplacistas. Si a alguien que va a pincharse heroína por primera vez se le garantiza que morirá en 10 minutos, es muy posible (posible, no seguro, porque hay gente para todo) que deje el experimento para mejor ocasión. Si, en cambio, a ese mismo alguien se le garantiza que morirá en 10 años, lo más probable es que se meta el pico sin problemas.

Las cosas se hacen, decía, porque se pueden hacer. El coste de salvajear un rato por el centro de una ciudad europea tiende a cero. Entonces, ¿por qué no hacerlo? Hablamos de zonas aglomeradas, de multitudes, de bandas, de embriaguez numérica. Del ambiente de estadio, para entendernos. ¿Por qué no hacerlo? ¿Por qué no procurarse una descarga de adrenalina? Por favor, no vengamos con la civilización, el respeto o la inteligencia, porque esas cosas sólo funcionan en soledad o en petit comité.

En fin, a lo que íbamos. Vivimos en una sociedad permisiva y por eso es posible hacer ciertas cosas lamentables. ¿Nos gusta la sociedad permisiva? Me parece que en general sí, mucho. Tiene un montón de inconvenientes, pero dudo de que nos convenciera otro tipo de sociedad, y no hace falta pensar en Arabia Saudí o Singapur. En la mayoría de Estados Unidos, el análisis de costes resulta diferente. Es otro modelo, que comporta un inmenso gasto penitenciario (el de Estados Unidos es el mayor del mundo, en términos absolutos y relativos), una cierta querencia por la pena de muerte, otros tipos de permisividad (tenencia de armas, por ejemplo) y unos centros urbanos desérticos, salvo en un puñado de grandes ciudades.

Dentro del modelo permisivo, el nuestro, no hay soluciones. Desengáñense, tampoco un sistema educativo excelente, una economía con pleno empleo o la fantasía de prohibir la inmigración resolverían los problemas de los que hablamos. Hay, sin embargo, arreglos, compromisos, parches temporales, grados de tolerancia. Cualquier situación es dinámica, y sólo la falta de reacción de una de las partes (los poderes públicos) concede todo el espacio a la otra, los ocupantes de la calle.

Lo peor que puede ocurrir en una sociedad permisiva es que los poderes públicos se mantengan inmóviles hasta que un conflicto determinado les provoque un ataque de histeria, del que se recuperan con rapidez para volver al letargo y al ronroneo de complacencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 9 de septiembre de 2009