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CARTAS AL DIRECTOR

Prostitución en El Raval

Pasan los años y los reportajes sobre el mundo de la prostitución se parecen como una gota de agua a otra, porque raramente se apartan de los tópicos al uso, y es habitual que simplifiquen brutal e irresponsablemente, y aun poeticen, un negocio en el que hay algo más que prostitutas víctimas y proxenetas explotadores. Sus reporteros hablan de las condiciones inhumanas en las que ejercen su oficio las "trabajadoras del sexo", en "habitaciones que ocupan en viejos y cochambrosos casalotes del Raval". Eso es verdad, y es una barbaridad pensar como solución la multa al eslabón débil de la cadena. Pero, ¿ha pensado el reportero en que la forma de producirse un negocio como la prostitución (toma el dinero y corre) pudiera tener no poca responsabilidad en el abandono de edificios que ha convertido dignas viviendas en esos "cochambrosos casalotes", en barrios que nunca duermen y donde las trifulcas menudean? ¿Se ha preguntado el reportero por qué nuestro admirado Vázquez Montalbán (véase la foto del reportaje) vivía en el otro extremo de la ciudad, muy, muy lejos del escenario de su infancia? Para el negocio de la prostitución basta un catre, al menos aquí, en El Raval, en el siglo XXI. Catres por horas, por cierto, es también lo que se empieza a ofertar al turismo del que disfrutamos en el centro de la ciudad. A este ritmo, y con esta mentalidad, el centro se convertirá en un gran pabellón de camastros albergados en edificios a la deriva y en proceso acelerado de destrucción.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 9 de septiembre de 2009