Dormitaba plácidamente en la parte trasera del Land Rover, como cada día. Era parte de su rutina desde que, por su tamaño, ya no podía juguetear por entre los asientos, mordisquear los tobillos de Manel, meter la cabeza en el cesto de la compra y llevarse un buen bistec o dos, tan frescos, tan gustosos. Pero cuando creció y se hizo adulta hasta llegar a los 150 kilos, su vida cambió.
Ya no la dejaban entrar en casa y pasaba todo el tiempo en un cercado. Eso sí, cada día la sacaban a pasear. La subían al todoterreno y, por un camino forestal, la subían hasta los grandes prados al pie del monte Caro. No era un viaje muy placentero porque el maletero era estrecho y las piedras le rebotaban en las costillas. Pero una vez arriba abrían el portón trasero, y ella saltaba y corría por el prado hasta la extenuación. Como estaba bien alimentada no era buena cazadora. Un día intentó perseguir -sin éxito- a un conejo. Las cabras, peñas arriba, se reían.
Un día intentó perseguir a un conejo mientras las cabras se reían
Aquel día, de vuelta, Manel bajó hasta la carretera y a poner gasolina. Pese a que no había nadie más repostando, cuando fue a pagar le puso una manta encima. De pronto se encontró a oscuras. Intentó sacarse la frazada y con la pata fue a dar en la palanca que abría el portón. Cayó sobre el asfalto. Un perro ladró y, asustada, salió corriendo y cruzó la carretera.
Kevin y Jennifer habían aparcado su Seat Ibiza tuneado detrás de los contenedores de la fábrica de ladrillos y se manoseaban. Llevaban un buen colocón, pero cuando, por el retrovisor, vieron la cabeza de una leona husmeando los neumáticos se les pasó de golpe. Cerraron las puertas, se pillaron los dedos. Ella chillaba como una histérica sin saber qué hacer mientras él no conseguía poner el coche en marcha. Cuando lo consiguió, salieron zumbando sin acabar de vestirse.
La leona aún se asustó más que ellos y cruzó la carretera de vuelta, justo cuando Manel volvía hacia el coche. "¡Passa!", le dijo, temiendo que alguien hubiera podido verla. Y cerró el portón.
Nadie olvidará los días que siguieron. Coches de policía, helicópteros, batidas... Todo el mundo aseguraba haber visto leones en varios sitios a la vez. Finalmente, un pobre perro vagabundo fue ajusticiado a tiros.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 22 de octubre de 2009