Unas grandes letras negras sobre fondo amarillo en la pancarta desplegada en la gris mañana de Oslo resumían perfectamente la situación: "Te lo han dado, ahora gánatelo". Barack Obama se dirigía al Ayuntamiento de la capital noruega para realizar un atrevido acto de funambulismo. Recibir como comandante en jefe al frente de dos guerras el Premio Nobel de la Paz, creado hace más de un siglo por un empresario químico inventor de la dinamita. La historia tiene estas incongruencias. El presidente de Estados Unidos no tenía nada que perder: los sabios del Comité del Nobel le habían concedido el galardón en función de las expectativas despertadas no de los logros obtenidos. Un regalo envenenado. Pero Obama no se amilanó y realizó en el corazón de la Europa nórdica pacifista una defensa de la guerra justa.
Hay que tener coraje para resolver una papeleta como la de Obama en Oslo
El comandante en jefe se transmutó en orador en jefe, papel en el que no tiene rival, y durante 36 minutos mezcló la humildad: no calzo los zapatos de Mandela o Luther King para merecer el Nobel, con el atrevimiento: "Habrá momentos en los que las naciones entenderán que el uso de la fuerza no es sólo necesario sino moralmente justificado". Defendió el movimiento de la no violencia, elogiando a Gandhi, pero advirtiendo de sus límites. No hubiera sido capaz de detener a Hitler, dijo, y tampoco las negociaciones bastarán para que Al Qaeda deje las armas. El presidente norteamericano defendió que asumir que la fuerza puede a veces ser necesaria no es un llamamiento al cinismo, sino un reconocimiento de la historia y de los límites de la razón. Denunció la profunda ambivalencia que anida hoy en muchos países sobre la acción militar. Obama sepultó la idea que ha podido abrigarse desde Europa de que el buenismo inspira su política exterior. Tenderá las manos y esperará lo razonable para que los enemigos de EE UU las estrechen, pero tiene claro que la paz no es posible sin los horrores de la guerra. Clausewitz puesto al día. El cineasta Michael Moore, ídolo del progresismo, ya ha enviado una carta al presidente poniendo el grito en el cielo.
Hay que tener coraje y falta de complejos para resolver de esta manera la difícil papeleta que tenía delante el jueves en Oslo. El presidente remató la faena citando sus méritos para el premio: la vuelta de EE UU a la legalidad internacional laminada por la presidencia de George W. Bush, la orden dada de cerrar Guantánamo, el objetivo declarado de acabar con las armas nucleares y su decisión de afrontar el cambio climático. Obama regresará la semana próxima a Europa para participar en la cumbre del clima. Superadas las dudas iniciales, asume la evidencia del calentamiento del planeta y conecta el problema con la seguridad internacional. Parece decidido a presionar al Congreso y aceptar compromisos de recorte de emisiones de carbono. Si es así, y EE UU consigue también arrastrar a China, la cita de Copenhague, sin ser definitiva, puede cerrarse con un primer paso positivo: un pacto entre países ricos y en vías de desarrollo para abordar el reparto de la carga de la lucha contra esta grave emergencia que nos amenaza a todos. Sería éste un primer mérito para comenzar a justificar el Nobel de la Paz. La aprobación de la reforma sanitaria, que se vislumbra posible y próxima en el Congreso, más un acuerdo con Rusia para una reducción sustancial de arsenales nucleares pueden ser las primeras medallas a depositar en el zurrón todavía vacío del presidente. El éxito en la guerra de Afganistán/Pakistán, limitado a una salida digna a medio plazo tras negociar con los talibanes, dejando a Al Qaeda sin refugio, y no digamos la resolución del conflicto israelí-palestino, donde Obama ha encallado estrepitosamente, confirmarían que los jueces del Nobel no se han equivocado.
A pesar de su defensa de la guerra justa, la única guerra que Obama quiere dar es la doméstica. La reconstrucción interna de Estados Unidos. Para lo que fue elegido. Hace unos días, el presidente recibió a un grupo de columnistas en la Casa Blanca. Fareed Zakaria, autor de El mundo después de América, cuenta en Newsweek cómo Obama les explicó que Irak y Afganistán no son vitales para la seguridad a largo plazo de Estados Unidos. La clave para mantener el papel de América como superpotencia reside en la resolución de los retos internos: empleos, crecimiento económico, sanidad, renovación tecnológica, reforma educativa, nuevas energías.
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* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de diciembre de 2009