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Un lugar peligroso

En contra de la abrumadora mayoría de mis contemporáneos, a mí no me gusta el campo. El campo está lleno de animales y de cosas peligrosas: azadas, barrancos, charcas de aguas palúdicas. Sé que una confesión semejante resulta sorprendente, pero por una sola razón: porque los seres humanos nos damos el lujo de idealizar cosas remotas, cosas que nada tienen que ver con nuestra vida. Y nada más remoto, nada más ajeno a nuestra vida que el campo, ese lugar tenebroso donde no hay cajeros automáticos, ni tiendas de alimentos congelados, un lugar, en fin, inadmisible para cualquier persona cuerda.

Pero si el campo le parece a la gente tan simpático es porque se ha convertido ya en el extranjero. Aún más, el campo pertenece a otra galaxia. Si alguna vez fue nuestra patria, los seres humanos partimos hace siglos a fundar nuevas colonias, y después declarar la independencia. Al campo sólo vamos de visita. En Ulan Bator podría tener problemas para comunicarme con los paisanos, pero seguro que iba a sobrevivir: muy pronto habrá, si es que no hay ya, puestos de salchichas y algún Kentucky Fried Chicken. Pero estoy seguro que de donde no saldría vivo es del cercano desierto de Gobi. De hecho, soy incapaz de hacer fuego con dos palos, atrapar roedores mediante ingenios neolíticos o sobrevivir con una dieta de nutritivas raíces secas.

La ideología dominante difunde sentimientos impracticables, por ejemplo, el amor a la naturaleza. Pero hasta hace poco tiempo la naturaleza era, para los seres humanos, la madrastra que conspiraba contra nuestra especie, en especial contra la especie de los niños. Hoy los niños prosperan con cierta seguridad, entre pediatras, pedagogos y juguetes hechos en Taiwan, mientras que en la odiosa naturaleza cuatro de cada cinco morían desnutridos, o víctimas de fiebres e infecciones, o devorados por bichos ingobernables. Lo que pierde a los oradores ecologistas es la desmemoria.

Amar el campo es una gracia que pueden permitirse los acomodados habitantes de la urbe. Amar la naturaleza es un capricho permisible precisamente porque ya la abandonamos. Añoramos los frutos silvestres gracias a la seguridad de millones de invernaderos. Contemplamos un bosque con ternura porque sabemos que no vamos a dormir a la intemperie. Nos preocupamos por la suerte del oso grizzly porque nunca hemos perdido un hijo entre sus garras.

No, no me gusta el campo. Y sólo perdono en mis semejantes esa extraña querencia por lo que tiene de impostada y de irreal. En lo más íntimo, damos gracias por no vivir en ese lugar tan espantoso donde hace mucho frío por la noche, y donde, inexplicablemente, no hay interruptores, ni agua embotellada, ni siquiera cosas sencillas y primarias como, qué sé yo, conexión a Internet. El campo es sanguinario, todavía peor: es verdaderamente incómodo. Pero conviene conocerlo por las revistas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de diciembre de 2009