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COLUMNA

Amansar

La frustrada decisión del Ayuntamiento de Vic de no empadronar a los inmigrantes ilegales y el estúpido intento de la alcaldesa de Cunit de impedir la detención de un imán imputado por acosar a una mediadora social musulmana han sido presentados como dos casos de carácter opuesto. Unos ven en Vic un ejemplo de realismo político y en Cunit una muestra de la empanada mental de cierta izquierda, otros ven en Vic una reacción de miedo con efectos colaterales xenófobos y en Cunit un intento de evitar problemas mayores de convivencia. En realidad, son dos actos de la misma naturaleza. Los dos parten del mismo error: creer que la manera de amansar a las fieras es darles la razón.

Cada día que pasa está más claro lo que se sospechó desde el primer momento: la iniciativa de la mayoría municipal de Vic era una respuesta al miedo a Anglada. Por si había alguna duda, el alcalde Vila d'Abadal la ha disipado: "Nunca el derecho de un inmigrante puede dañar al de un autóctono. Aunque esto todavía no ocurre, es el principal argumento de la xenofobia". O sea que Vila d'Abadal asume el argumento de Anglada, aunque reconoce que no hay motivos para ello. ¿Por qué lo hace, entonces? Para que el electorado de Anglada oiga de la boca de Vila d'Abadal los argumentos de Anglada, confiando en que de este modo en las próximas elecciones ya no vea necesario votar a Anglada y cambie de bando. Es un doble disparate, porque al hacer suyo el argumento, lo está legitimando, y porque un argumento xenófobo no deja de serlo por el hecho de que lo utilice un partido democrático con las mejores intenciones. Estoy de acuerdo con el alcalde en que hay que aislar a Anglada, aunque su antecesor, el alcalde Codina, arruinó en su último mandato su magnífico trabajo sobre inmigración convirtiendo a Anglada en el conseguidor del municipio. De aquellos polvos vienen estos lodos. Desde luego, es una manera peculiar de aislar a Anglada dar carta de naturaleza a sus argumentos.

La tolerancia empieza por dejar claras las reglas del juego de la sociedad abierta que aquí rigen y exigir su cumplimiento

Si, como piden los concejales de Vic, hay que otorgarles el prejuicio de buena fe y aplicarles cierta atenuante de ingenuidad, que en política me parece más bien una agravante, más ingenua sería todavía la actuación de la alcaldesa de Cunit. Su intento de que la mediadora retirara la denuncia contra el imán y sus compinches sólo puedo compararlo con el del cura o la amiga que aconseja a una maltratada que no denuncie al marido porque en este mundo hay que aguantar. Doblemente grave es la actuación de la alcaldesa: por proteger a alguien que ha cruzado la línea roja de las reglas de convivencia y respeto que obligan a todos, y por no dar la ayuda necesaria a la persona perjudicada, que lo menos que puede esperar es que los demócratas la protejan a ella y no a su verdugo. Es la abominable cultura de la alianza de civilizaciones, que siempre se equivoca de interlocutores. Habla antes con los opresores que con los ciudadanos que sufren la opresión. No, la tolerancia no consiste en dar la palabra a los intolerantes en nombre de una presunta paz social. La tolerancia empieza por dejar claras las reglas del juego de la sociedad abierta que aquí rigen y exigir su cumplimiento. La primera de ellas es la autonomía de las personas, el derecho de cada cual a pensar y decidir por sí mismo, que la mediadora de Cunit tiene tanto como cualquiera de nosotros. Y el que se lo limita, sea catalán, español, marroquí, senegalés o francés, sea cura, imán, militar o civil, en este país comete un delito. ¿Con qué autoridad puede mediar una persona que, cuando ha chocado con los que se sienten propietarios de los que comparten su creencia, ha sido desautorizada por la alcaldesa?

Ni en Vic ni en Cunit se ha amparado a los más débiles, que es la coartada de unos y otros; al contrario: se ha dado legitimidad a los intolerantes. Y desgraciadamente, en este país no hay ningún líder político capaz de poner en su sitio a quienes han cometido estos deslices. Al revés, todo son paños calientes y justificaciones en nombre de las preocupaciones del pueblo llano que las élites no entienden, que es siempre el primer argumento del populista. Y éste sí es para mí un motivo de desafección. No de la política, sino de los políticos que venden los valores democráticos por un ataque de pánico. Electoral, por supuesto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 2 de febrero de 2010