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Egos en su salsa

Juan Cruz deja un jirón de piel en Barcelona al presentar sus memorias

Cuando empezó en el periodismo y la escritura, Juan Cruz (Tenerife, 1948) era de los que se apuntan cosas en las manos, "temas por si había blancos en las conversaciones". Nadie lo hubiese dicho ayer, cuando en el altillo de la librería Laie de Barcelona se pasó hora y cuarto encadenando anécdotas y personajes que surcan Egos revueltos (Tusquets), memorias sobre su vida literaria premiadas con el Comillas.

El revoltillo de Cruz convocó egos diversos: Marsé, Serrat, Mariscal, Fresán y Vila Matas (última fila del más discreto rincón), sin menoscabar editores, agentes literarios y periodistas, para regocijo del público.

Cruz se entrenó para hablar sin apuntes la primera vez que entrevistó a Cabrera Infante ("estuve una hora con él y no dijo ni una palabra") y entre eso y que "uno cuenta también para conocerse", empezó con su barcelonismo ("tenía 11 años y firmaba mis redacciones Juan Azul y Grana") y no paró. Concebido el libro, explica, "en un día gris, resumen de mis días más tristes porque soy más melancólico y triste de lo que mis amigos creen", piensa que Egos revueltos "es más de sentimientos que de desdenes". Por eso admite que nunca le dijo a su madre que los plátanos que le enviaba a Inglaterra le llegaban "siempre podridos"; que recuerda hechos y personas "por los objetos", como a Serrat, al que asocia "a un ascensor" (cejas arriba del cantautor); que nunca firmó contratos como editor ("por lo cual el famoso talonario de Cruz no existió nunca"), y que se le entrecorta la voz al evocar a Rafael Azcona. Ahí dejó un jirón de piel: ya no apunta en la mano, lo hace en el corazón.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de marzo de 2010