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COLUMNA

Baches y hoyos

Sobran baches y faltan hoyos. La primera página de EL PAÍS Madrid del sábado 27 de febrero recoge en dos informaciones esta paradoja madrileña. Que sobran baches es una evidencia que se despliega todos los días a los pies de los viandantes capitalinos: "La capital del bache" es el titular de apertura. Lo de los hoyos se deduce de un segundo titular entre interrogaciones: "¿Hacen falta seis nuevos campos de golf en Madrid?". El deshonroso título de capital del bache es una realidad palpable, pisable, reconocida por los responsables municipales de suelos, subsuelos y temas de geología asfáltica, una disciplina que se estudia en Madrid desde hace siglos y a pie de calle. Este año las lluvias, las nieves, los hielos, los deshielos y la sal profusamente derramada han provocado una afloración desmedida de socavones que Jésica Zermeño y Jaled Abdelrahim, firmantes del reportaje, desmenuzan con la asesoría de ilustres bachólogos como el gerente de un taller de reparaciones y el representante de una agrupación de taxistas que sufren sobre sus propias llantas la proliferación de tanto roto y tanto descosido sobre la piel curtida y agrietada de la urbe. La culpa se la reparten el cambio climático y el señor alcalde de la Villa.

No es igual torcerse un tobillo con una "baldosa con surgencia" que en una "piel de cocodrilo"

En Madrid hay baches históricos, casi para enmarcar, enclavados en espacios también históricos como los aledaños de la Puerta del Sol y en puntos estratégicos del centro urbano. Incapaces de atajar por el momento el problema, los bachólogos del Ayuntamiento se han concentrado en los socavones "urgentes", en los que cabe más de un coche, se supone y que, también se supone, se solucionan en 72 horas. Hay baches y baches, una gran variedad de especies, algunas con denominación de origen, que el ingeniero técnico de obras públicas Francisco Rama especifica y comenta a pie de foto para ilustración de sus víctimas. No es lo mismo torcerse un tobillo con una "baldosa con surgencia" que fracturarse el calcáneo en una peligrosa "piel de cocodrilo", bache con charca incluida que va quebrando implacablemente el asfalto circundante. Lo de las baldosas turgentes se parece bastante y a pequeña escala al movimiento de placas tectónicas que provoca los seísmos, estos son microterremotos que producen "cavidades subterráneas", "peladuras", hundimientos y surgencias de muy variadas índoles, el agotamiento estructural es por fin la plaga definitiva y pandémica. Madrid, ciudad edificada sobre agua según su heráldica, se hunde, no soporta tanto peso y tanto maltrato y además los baches no son patrimonio exclusivo del asfalto, "el adoquín también se daña" advierte el reportaje, profusamente ilustrado con imágenes de la catástrofe cotidiana que aflige tanto a peatones como a motorizados. Sólo se salvan, que yo sepa, las mascotas, más ágiles y avisadas que sus presuntos amos, probablemente por cuestiones genéticas.

Vayamos ahora a la segunda parte de la paradoja, está claro que sobran baches pero ¿faltan hoyos para que los ciudadanos madrileños puedan colar en ellos suficientes pelotitas como para superar el estrés que les produce vivir en una ciudad agujereada? Convertir la explanada verde y pública de un sector del Canal de Isabel II en pista de entrenamiento lanzabolas no ha sido suficiente. A los golfistas, cuya presidenta de honor es nuestra propia presidenta, no les basta con el mero golpeo del swing y el vuelo parabólico y armónico de la pelota sobre el campo, necesitan el agujerito para meterla, con su green y su banderita. Los ingleses inventaron el noble deporte del golf para entretenerse y aprovechar los escasos días de sol haciendo algo de ejercicio sobre las verdes praderas espontáneamente crecidas bajo la inclemente lluvia. Pero el golf engancha y los días soleados escaseaban y las brumas dificultaban la visibilidad, así que los ingleses se trasladaron a países más cálidos y más secos dispuestos a regar arenales y secarrales mediterráneos, recrear sus greens y construir urbanizaciones en su entorno, con sus chalés, sus aparcamientos y sus centros comerciales y de ocio. Los pueblos madrileños de Guadarrama, Moralzarzal, Soto del Real y Tres Cantos pretenden construir en parque temático golfístico la Cuenca Alta del Manzanares y los alrededores del futuro y devaluado Parque Nacional del Guadarrama. En la moderna ciudad de Tres Cantos se solicitan dos permisos, imprescindibles para que pueda celebrarse en ella la prestigiosa Ryder Cup, equivalente para Esperanza Aguirre del sueño olímpico del alcalde, dentro de ocho años. El cross-golf que podría practicarse sobre, dentro y bajo los magníficos baches madrileños es casi igual pero no es lo mismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de marzo de 2010