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Crítica:

Mantras rockeros con sitar al fondo

Cornershop reaparece en Moby Dick con buenas canciones y gesto impávido

Ahora que lo más socorrido entre los oráculos de las nuevas tendencias consiste en apelar a los ritmos de Soweto desde las principales avenidas de Manhattan -recuerden los dos mesecitos de revuelo que llevamos con Vampire Weekend-, puede que a la propuesta angloindia de Cornershop le llegara el turno de revivir glorias pasadas. Lástima que ellos mismos no parezcan demasiado interesados en sacar partido de su potencial.

Doce años después de Brim-ful of Asha, aquel insólito llenapistas con sitar, la banda de Tjinder Singh sólo se ha molestado en publicar un par de discos, objeta que se debe al cuidado de los churumbeles y se comporta sobre el escenario con una pasividad pasmosa, como si el exotismo y la multiculturalidad les sirvieran de excusa para no mover una pestaña. En estos tiempos de exaltación de la música en directo, duele sacar la conclusión de que con los chicos de Leicester sale mucho más rentable comprarse los discos.

Ellos mismos no parecen demasiado interesados en sacarse partido

Su pintoresquismo conductista se deja sentir desde antes de que suenen las primeras notas. Anthony Saffery, el responsable de trastear con el sitar, se despoja de los zapatos y de uno de sus dos calcetines (no nos pregunten por qué), asienta las posaderas en un camastro y observa al público de la Moby Dick con la misma cara de pánfilo que ponía Bill Murray en Lost in translation. Mucho más chocante aún resulta la actitud de Singh, emperrado en abominar de cualquier asomo de carisma. "Sonríe, hombre, sonríe", le espetaron tras media docena de temas durante los que no estiró un solo músculo facial. "Me dicen que sonría. ¡Pero si estoy en el centro de la diana!", se excusó él. A su lado, hasta los adalides del shoe gazing -la chavalería que actuaba con la vista clavada en sus propias zapatillas- parecerían una algarada callejera.

Una pena que los estímulos escénicos resulten tan exiguos, porque la mezcolanza sonora de rock de tres acordes, bases discotequeras y fiestuqui a lo Bollywood tiene la suficiente gracia como para triunfar en las tiendas más fashion de la calle de Fuencarral. Tjinder canta con tono monótono y repetitivo, dispuesto a trasladar al rock las muy eficaces pautas del mantra, y combina el color tostado de piel con unas patillas de pandillero rocker. Pero entre su gesto impávido y ese empeño por cantar con un botellín de coca-cola en la mano se nos van quitando las ganas de creer en el rollito oriental.

El nuevo repertorio mezcla psicodelia a lo Primal Scream con el gusto por un rock tan canónico que parece sureño. Si los Allman Brothers hubieran incluido un sitar en el equipaje no se quedarían muy lejos de Who fingered rock 'n' roll o Judy sucks a lemon for breakfast, el tema que titula el primer álbum de Cornershop en siete años. Pero al final resulta que nada sabe tan a gloria como la electrizante lectura de The mighty queen, el viejo original de Dylan. Aunque Singh tampoco se inmutara interpretándolo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de marzo de 2010