A lo mejor fue culpa del tiempo lluvioso, pero el caso es que los dos grandes hitos soberanistas de las últimas horas han quedado en agua de borrajas. La presentación de la web del todavía presidente del FC Barcelona, Joan Laporta, que se suponía un gran prelanzamiento para su carrera política, fue poca cosa. El sitio nace viejo: el mismo caudillismo populista de siempre, la misma retórica individualista bajo el amparo de que "ahora es el momento de servir al país".
No se sabe si Jan va a servir mucho o poco a Cataluña, pero lo que desde luego se sabe es que se sirve abundantemente del Barça y de su cargo en el club para unos fines ajenos a los que motivaron su elección. El uso en su web privada de sus actividades públicas en Ruanda y el de la imagen de Unicef para decorar su ego constituirían un fraude de ley: si hubiese ley.
Pero lo peor no es la cosa en sí, sino el síntoma de una ¿moral? cada vez más laxa. Algo que nada bueno augura cara a la inminente campaña electoral del Barça. ¿Va a poner Laporta al club, a sus conserjes, a su archivo informático, a su director general, tan aficionado a espiar a la gente, al servicio de la candidatura continuista que patrocina?
El otro fraude que también se deshincha es el de las consultas soberanistas. Fraude porque se presentan como sucedáneos de referéndum, como si cumpliesen las mínimas reglas de seriedad necesarias para una votación democrática, cuando se trata más bien de curiosas kermeses para convencidos, oscilantes entre el secesionismo retórico y el más ingenuo excursionismo.
La simpática juerga ya ha dado todo lo que podía dar de sí. Y si la edición del 13 de diciembre logró la sideral hazaña de atraer a las urnas a algo más de una cuarta parte del (digamos) censo, el pasado domingo apenas superó la quinta parte. En la población más grande, El Vendrell, la cosa fue de cuchufleta: votó el 8,8% de los presuntos censados.
De modo que la novedad se ha vuelto de repente tan anciana que ya ni siquiera la prensa equilibrista le dedicó un ápice de sus portadas. Quizá porque CiU, más avezada, se ha desligado a tiempo de otear el poder y ha dejado a Esquerra (y al insigne Laporta) sola con el fiasco.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de marzo de 2010