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OPINIÓN

Menos es nada

En los dos primeros días de la semana pasada, Grecia emitió deuda soberana: el lunes colocó, sin demasiada holgura, 7.000 millones de euros a siete años; el martes, sorpresivamente, volvió a salir a los mercados e intentó emitir bonos por valor de 1.000 millones de euros a 12 años. No lo consiguió y sólo se adjudicaron 390 millones. El precio de la deuda, en ambos casos, rondó un tipo de interés del 6%, más de 3,3 puntos porcentuales superior a lo que tiene que pagar el bono alemán, que sirve de referencia. Muy caro, pues todo lo que ahorran los griegos con su dramático plan de austeridad se lo gasta el país en el servicio de la deuda. Lo que dejan de percibir los ciudadanos se lo llevan los mercados si el país quiere seguir financiándose y no suspender pagos.

La respuesta de los mercados al plan de rescate a Grecia ha sido tenue y descreída. El problema sigue ahí

La salida de Grecia a los mercados era la primera después de que unos días antes, in extremis, la UE acordase un plan de rescate para que el país heleno pudiese resistir las sacudidas exteriores sobre su economía. La respuesta de los mercados fue tenue y descreída. El problema sigue ahí. Y más allá de Grecia, Bruselas no logró describir el mecanismo para acudir en defensa de uno de los suyos ante problemas extraordinarios.

Como se sabe, el plan de rescate, que se activará sólo "en última instancia", comprende préstamos bilaterales de los países de la eurozona más la ayuda del Fondo Monetario Internacional (FMI). Esta salida inconcreta refleja la debilidad de las instituciones comunitarias, incapaces de encontrar una solución dentro de las mismas, y la falta de funcionalidad: para abrir la espita del rescate se necesita la unanimidad de todos los países, con lo que se instaura el derecho de veto. Además, el director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, ha recordado que las ayudas del Fondo siempre tienen un correlato de condicionalidad: para darlas, el país auxiliado ha de seguir la política económica que dictamine el organismo multilateral, y ésta puede no ser la misma que exige la UE. Por ejemplo, en los planes de ajustes tradicionales del FMI la primera medida suele ser la devaluación de la moneda del país en dificultades; pero Grecia, al pertenecer al euro, no tiene soberanía en su política monetaria y cambiaria, cedida al Banco Central Europeo.

Como consecuencia, hay analistas que dicen que el plan de rescate verbalizado no existe en realidad, y tan sólo ha sido un efecto anuncio que deja de tener sentido en el momento en que Grecia toque la puerta de la UE. Los que ni siquiera lo esperaban, por la cerrazón alemana, opinan que menos es nada. No es de extrañar que en la misma reunión de Bruselas en la que se acordaban tan buenas palabras, un europeísta convencido como Felipe González, que hablaba como presidente del Grupo de Reflexión sobre el futuro de la UE, recordase que "la situación de la UE es de emergencia por la dureza de la crisis y sus efectos en la realidad económica y social".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de abril de 2010