La caballería se resiste a desaparecer, ¡yee-ha! Es cierto que han pasado definitivamente los tiempos de Murat y Ney, cuando el coronel Lepic de los grenadiers-à-cheval de la Guardia Imperial arengaba con estas palabras a sus escuadrones en plena carga en Eylau mientras los proyectiles de la artillería rusa pasaban rasantes y ululantes entre las filas: "¡Haut les têtes! ¡La mitraille n'est pas de la merde!". Los días de las grandes masas de jinetes como elemento de choque decisivo en la batalla no volverán. Pero las correrías como merodeadores y guerrilleros de los caballistas de las Fuerzas Especiales de EE UU, ataviados a lo bashi-bazouk e infiltrados en 2001 en Afganistán (tierra de legendarios jinetes), recuerdan que incluso en la guerra requetemoderna puede seguir habiendo un resquicio para la aventura montada. Sus peripecias despiertan en nosotros el eco de las grandes aventuras del sable, la lanza y la silla, de los lanceros de Bengala, los húsares y los cosacos.
La caballería estadounidense, tan acreditada en la Guerra Civil (¡Custer! ¡Jeb Stuart!) y las campañas indias, tuvo su canto de cisne en la guerra de Cuba con el ataque de los Rough Riders de Teddy Roosvelt en Kettle Hill junto a las colinas de San Juan, y sobre todo en la expedición punitiva del general Pershing en México en persecución de Pancho Villa, en el curso de la cual, en 1916, mataron o capturaron a 500 irregulares del revolucionario (en la acción destacó un joven Patton, que luego trasladaría el espíritu de la caballería a los blindados). La caballería británica trató de adaptarse por su parte a nuevos roles en la guerra contra los bóers. También ahí, como los guerrilleros de Diller en Afganistán, hubo unidades que adoptaron monturas especiales, más propias del terreno: es el caso de los ponis de las praderas montados por el regimiento Lord Strathcona's Horse (Royal Canadians), que dieron más de un disgusto a los bóers que cabalgaban a su vez en los ágiles y resistentes ponis basutos.
Aunque fue su verdadera tumba y una auténtica hecatombe de equinos (un millón de caballos muertos), la caballería protagonizó algunas páginas espectaculares en la I Guerra Mundial: la carga del escuadrón del teniente Flowerdew en Moreuil Wood ("¡It's a charge, boys!") o las acciones de las fuerzas montadas de Allenby en la invasión de Palestina y Siria, como el asalto de las trincheras turcas en Beersheba por los Australian Light Horse y sobre todo el ataque de los Indian Lancers cerca de Meggido, matando a 90 turcos y capturando a más de 400. En nuestra Guerra Civil hubo una última carga: la de la división de caballería del general Monasterio en el río Alfambra en invierno de 1938, que contribuyó a romper el frente republicano en Teruel. En la II Guerra Mundial ya vemos a la caballería limitada a un papel muy secundario, pero los jinetes polacos -más allá del mito del ataque suicida contra los panzers- y sobre todo los cosacos darán buenos sustos a los alemanes (sin olvidar la carga de los dragones italianos de la Cavalleggeri di Savoia en Ucrania). Estos organizarán fuerzas de caballería de asalto inspiradas en las soviéticas y no es la menor de las aventuras la de los seis escuadrones montados de la Wehrmacht que el capitán Philipp von Boeselager sustraerá del frente para lanzarlo a la Operación Valkiria contra Hitler.
Mientras haya hombres audaces y caballos para montar, como diría el atamán Zakhary Chepiha, el espíritu de la caballería seguirá vivo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de abril de 2010