A finales del siglo XIX las finanzas de Coney Island estaban francamente afectadas por la corrupción de las viejas autoridades capitaneadas por McKane. Y la recaudación no bastaba para construir el paseo marítimo que un hombre apellidado Tilyou había soñado. De modo que a pesar de la tristeza y la impotencia, Tilyou se levantó un día y dijo que había tenido un sueño: que cada habitante de Coney Island se ofrecía a construir un pedacito de paseo. Un pedacito de cielo. Un trozo de ese corredor, mayor que el de Atlantic City, que solidificaría para siempre las raíces de Coney Island en el mundo.
Como si fuera una columna vertebral.
Pero no fue así. Y las finanzas del paraíso siguieron mermando como si fueran burbujas en una olla de agua hirviendo. E incluso Sea Lion Park, el primer parque de atracciones del mundo, se vio obligado a cerrar y a vender sus juegos a precio de solar. Y los saltimbanquis, los acróbatas y los domadores de los leones marinos se alejaron por una playa descuidada y en la que se amontonaba madera de barcos inútiles y juegos olvidados, y que tardaría todavía muchos años en tener un paseo marítimo más grande que el de Atlantic City.
Pero lo tuvo.
Porque el milagro de Coney Island era que ahí, con nosotros, la imaginación no se agotaba nunca.
De modo que no nos sorprendió cuando un hombre llamado William Engeman compró un trozo de tierra abandonado y pobre y construyó ahí un hotel. Estábamos volviendo a empezar. Rompíamos la salida del siglo XIX y brindábamos por nuestra renovada imaginación. Y el hotel llevó a la construcción de un servicio de pasajeros que llegaba hasta el mar. Y el servicio de pasajeros se convirtió en diligencia, que se convirtió en tren, que se convirtió en metro y que hoy es la estación más emblemática de Brooklyn: Coney Island Almost Final Station: Brighton Beach.
Principio y final de todas las cosas.
Y ahí donde terminaba el tren que hoy es un metro estaba el hotel que comenzó con el número inverosímil de 275 habitaciones y que luego se amplió hasta alcanzar las 600. Como si se multiplicara. Quisieron recuperar entonces el nombre indio de Coney Island y bautizar el hotel como Narrioch Beach Hotel. Pero la moción falló y, finalmente, recibió el nombre popular de Brighton Hotel.
Y así entramos de puntillas en el siglo XIX. Con fiestas en las playas, transbordadores a Manhattan, trenes a Brooklyn y 275 habitaciones para amantes. Aunque con el siglo cerramos también la pista de competición de carreras de coche que el ingenioso William Engeman había querido construir alrededor de las ventanas desde las que los amantes del hotel abandonaban el lecho y observaban el mundo. Como un prefacio de los enamorados que más tarde vivirían bajo las montañas rusas o con sus salas de estar mirando hacia la noria. Y aun así el circuito de carreras cerró porque los enamorados que visitaban El paraíso preferían andar pausadamente que correr. Recorrer el paseo marítimo que todavía no se había construido. Ver los juegos y las atracciones abandonados en la playa. Acercarse a despedir a los pasajeros de los transbordadores que volvían a Manhattan. O escuchar el paso del tren desde Brighton Beach. Pero no querían correr. Y tampoco necesitaban competir. De modo que el circuito inmenso que William Engeman construyó alrededor de su hotel se convirtió en una avenida redonda que parecía un globo y por la que los visitantes podían caminar sin miedo a ser arrollados por veloces autos rojos de carreras.
Y entonces se construyeron unas mesitas de madera en la playa que recibieron el nombre de Culver Plaza y que estaban cerca de Nathan's: que hoy es todavía el mejor sitio de hot dogs de Nueva York y frente al que hay siempre colas paralelas de comensales felices. Pero en ese entonces todavía no había hot dogs. Sino que Culver Plaza eran unas mesitas de madera adecuadas para pic-nic y una línea de tranvía que llegaba cerca. Todo junto a un pabellón que hoy no existe y que, de existir, nos recordaría a la Torre Eiffel de París, el Museo del Chopo de Ciudad de México o el viejo mercado del Born en Barcelona.
Pero todo aquello fue sólo el sueño efímero de un abogado que le dio el nombre a la plaza: Andrew R. Culver, y como solía suceder en Coney Island: sus planes de expansión superaron en ambición a la felicidad y la imaginación de los habitantes de Coney Island. Porque tanto era así que las construcciones que se excedían a sí mismas y que sólo querían convertir su peso en dinero terminaban por evaporarse. Como se había quemado el primer hotel del lugar, como se cayó el elefante gigante, el parque de Sea Lion Park o el circuito de carreras. Coney Island era, y es, un lugar en el que la esperanza y la inercia hacia la diversión debían ser actitudes honestas.
Este es nuestro paraíso. El mundo que vamos a dejar a los seres humanos que nos sigan. Nuestro legado. Este es el mundo como siempre hemos querido que sea.
Y el engaño no tiene un espacio en él.
Esta es la tierra más honesta que nadie jamás haya podido inventar. La imaginación palpable.
Nuestras cabezas. Bienvenidos nuevamente al paraíso. Ahora que los hombres y mujeres que nos visitan y que quieren unir sus manos a la masa de fango que entre todos estamos sujetando, están aprendiendo a ser quienes son. A no tener miedo a permanecer en su cuerpo. A convertirse en lo que les es propio y atreverse a soñar.
Bienvenidos, todos ustedes, a nuestro mundo. Have fun.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de junio de 2010