Es malo el tabaco, es perverso. No el tabaco que se fuma, sino el que te hacen fumar.
El tabaco que se fuma es malísimo, claro, de eso no hay duda, pero es peor aún cuando te hacen fumar y tú no fumas, porque eres asmático, porque tienes algún mal en los bronquios, o porque simplemente te insulta el humo ajeno. Así que el tabaco es buenísimo (eso creen) para los que fuman, pero es fatal para los que no lo soportamos.
Dicho esto, digamos, con todo los respetos a los que no soportan (y no soportamos) el humo del tabaco, que es incluso peor el lapsus línguae.
Ahora vivimos en el territorio del lapsus línguae. Como a alguien se le ocurrió que todo está permitido, ya que parece que Dios se va extinguiendo, la gente empezó a hablar de los otros como si fueran colillas de cigarros. Y por ahí hay ya antologías de lo que la gente dice de la gente, en prensa, radio, televisión y en eso que se llama prensa pero que es insulto barriobajero agravado por el hecho de que está en formato periodístico.
El insulto no equivale al lapsus línguae, pero llamo lapsus línguae a lo que se perdona simplemente porque parece que fue dicho mientras la cabeza se le embrumaba a quien lo dijo. Hoy me refiero a Josep Antoni Durán i Lleida, que tiene aspecto pacífico y aire de pacificador. Muchas veces eso no se estudia, sino que se tiene. En el caso de Durán i Lleida me parece que no sólo lo tiene sino que lo estudia. Con ese aire (y con esos aires) se erigió el otro día en el héroe del hemiciclo, porque dijo una cosa y la contraria al mismo tiempo; le metió el dedo en el ojo a Zapatero, y luego se lo sacó. Entonces le metieron el dedo en el ojo a él, y por ahí ha ido unas horas (no muchas horas) cubriéndose el ojo morado con sus gafas de montura rosa. Hasta que dijo: "Hasta aquí hemos llegado".
Entonces produjo, para que le sacaran el dedo del ojo, su ahora célebre lapsus línguae. Dijo que Zapatero, a quien había dejado tambaleando, aquejado por la enfermedad que el mismo político catalán descubrió mientras le metía el dedo hasta las vísceras, que el presidente del Gobierno español es "un cadáver político". Lo dijo en su sano juicio, claro, porque ahora tú dices la palabra cadáver y te quedas tan orondo, sobre todo si tienes el tino de añadir "político". Si tienes el adjetivo adecuado después de cadáver, no sólo puedes decir que alguien es cadáver sino muerto, directamente. Parece que cadáver es menos, por eso no dicen muerto en lugar de cadáver... político.
Pero a Josep Antoni Durán i Lleida no le bastó la razón de la que se ha cargado después de su exitosa mediación entre la calificación del desastre y el desastre mismo, así que partió de la existencia del hallazgo ("cadáver político") para meterse en el ambulatorio de los otros improperios: Zapatero debe ir pensando en ir donando sus órganos a la sociedad sobre la que debe dejar de mandar.
A veces a uno le gustaría parar la vida en ese instante, aproximarse al oído del que profiere semejantes metáforas y decirle lo que un niño le diría a su padre, si el niño quisiera a su padre:
-Oye, ¿y cómo te sentirías si todo eso te lo dijeran a ti?
jcruz@elpais.es
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de junio de 2010