"Gracias a Dios", espetó Sidi Ould Sidina, de 22 años, cuando el pasado 25 de mayo el Tribunal Penal de Nuakchot (Mauritania) le comunicó que acababa de ser condenado a muerte. Su compañero Maroof Ould Haiba, de 28, miró a los jueces y les rogó: "Si me vais a matar, os pido que lo hagáis con un arma de fuego". Su hermana, sentada en la sala junto a su padre, rompió a llorar. Ould Chebamou, 29 años, el tercer condenado, permaneció en silencio en la jaula de hierro en la que encerraron a los acusados durante el juicio contra terroristas de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) más sonado de ese país. Este grupo, aliado de Osama Bin Laden en África, es el que retiene desde hace seis meses a dos cooperantes españoles.
Los condenados son del grupo que tiene secuestrados a los españoles
Así describen varios testigos la vista oral en la que los tres condenados a muerte y otros 16 procesados, todos encerrados en la enorme jaula de hierro, fueron juzgados por el asesinato de cuatro turistas franceses de la misma familia, dos de ellos niños, en la navidad de 2007 cerca de Aleg, a unos 260 kilómetros de Nuakchot, la capital mauritana.
Desde 1987, los tribunales de Mauritania no dictaban una pena de muerte. Ahora, la ejecución de los islamistas depende de la firma del general Mohamed Ould Abdel Aziz, el actual presidente, quien según fuentes diplomáticas pretende escarmentar a los islamistas y demostrarles hasta dónde está dispuesto a llegar.
Hace solo tres meses, los condenados a muerte se sentaban a tomar té en una jaima instalada en uno de los patios de la cárcel de Lahsar, situada junto al Palacio de Justicia. Frente a ellos, el sabio religioso local Mohamed Hassen Ould Dudu intentaba convencerles de que abandonaran la violencia y tomaran el "camino recto".
Dudu y otros siete imanes, todos cercanos al Gobierno, querían arrancar a los presos yihadistas una declaración de paz a cambio de mejorar sus condiciones en la prisión y de una amnistía para los no implicados en delitos de sangre. Una iniciativa insólita en Mauritana que impulsó el propio presidente.
Entonces Maroof, el que ahora pide morir de un balazo certero, se mostró dispuesto a colaborar si mejoraban sus condiciones carcelarias y le trataban "bien" en el juicio, según fuentes mauritanas. Sidi Ould Sidina, el terrorista que da gracias a Dios por su condena a muerte, no cedió un ápice.
Las discusiones sobre religión y violencia entre los imanes y los presos lograron que, al menos, cuarenta de los yihadistas sin delitos de sangre se mostraran partidarios de tomar el "camino recto". En aquella jaima se protagonizó durante meses una partida oculta en la que estaban en juego el futuro de varios de los secuestrados de AQMI de distintas nacionalidades, todos trasladados a los refugios de la banda en el norte de Malí. Pero este juicio y las graves condenas demuestran que aquellas charlas de té fracasaron.
Durante el juicio, el barbudo Maroof aseguró que el diálogo con los imanes en prisión fue un "engaño" y pronosticó que sus hermanos del desierto no se olvidarán de ellos. Habló en clave poética y política de agua y de luz, la de los condenados a muerte y la de los secuestrados. En Mauritania conviven horror y poesía.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de junio de 2010