El fotoperiodismo es un género brillante y bastante resistente a la crítica; también complejo y de doble filo, y son los propios fotógrafos quienes mejor conocen el territorio minado por el que transitan -nunca mejor empleada la metáfora- y quienes con más rigor reflexionan sobre su oficio, los problemas éticos que plantea y las muchas versiones de la verdad que las imágenes pueden transmitir.
Antifotoperiodismo, la espléndida exposición recién inaugurada en el Centro de la Imagen de La Virreina, se centra en esta reflexión, que viene de lejos y no es sólo fruto de los tiempos, de cómo la digitalización ha revolucionado el oficio hasta el punto de proponer su desaparición: cuando cualquier ciudadano atrapa y colecciona imágenes sobre el terreno e incluso los protagonistas de la noticia -véase los torturadores de la prisión de Abu Graib- se encargan de fotografiar y distribuir el material.
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La exhibición, comisariada por Carles Guerra y Thomas Keenan, recoge la obra de 27 fotógrafos que reflexionan sobre su oficio con técnicas diversas y en torno a conflictos muy dispares. La joya de la exposición, sin embargo, es un trabajo muy anterior a la era digital, raramente visto, que dibuja con precisión la relación del fotógrafo con su editor, consigo mismo y con la realidad.
En 1968, Paul Fusco, uno de los grandes de la agencia Magnum durante los años de oro del periodismo gráfico, recibió el encargo de la revista Look de subirse al tren que llevaba el féretro de Robert Kennedy de Nueva York a Washington para ser enterrado en el cementerio de Arlington. "Sube al tren", fue todo lo que le dijo el editor. Era obvio que la revista publicaría, como mucho, media docena de fotografías, y lo más lógico es que esperaran alguna imagen del féretro y de quienes lo acompañaban. Pero Fusco vio enseguida dónde tenía que apuntar el objetivo; a lo largo de los casi 400 kilómetros del trayecto miles de personas se amontonaban en las estaciones y en los lugares donde el tren reducía la velocidad para rendir homenaje y despedir al candidato asesinado cuando nada parecía impedir su llegada a la Casa Blanca para continuar el sueño que su hermano, también asesinado, había puesto en marcha.
Fusco realizó casi 2.000 diapositivas en menos de cinco horas, un trabajo colosal cuando no existía la imagen digital y había que ir cambiando los rollos, y hasta cierto punto inútil, porque tampoco existía Internet ni ningún soporte que permitiera visualizarlo. Finalmente, Look publicó un reportaje sobre la vida de Bobby Kennedy y sólo un par de las imágenes de Fusco, cuyo material quedó guardado en su archivo. En La Virreina hay 200 de estas diapositivas.
Otra de las joyas de la exposición es el trabajo de Ariella Azoulay sobre el Kurdistán. En lugar de usar su cámara, la fotógrafa optó por guardarla y recoger todas las imágenes que guardaban los miembros de este pueblo sin Estado. El resultado es un extraordinario mosaico de la historia de un pueblo.
El espacio central de La Virreina -que ha recuperado otra de sus galerías antes cegadas- recoge el montaje de Olivier Chanarin y Adam Broomber sobre las distintas posibilidades de presentar una escena de un conflicto armado y cómo se acumulan las distintas verdades. Chanarin y Broomberg trabajaron en la provincia afgana de Helmand en 2008 junto a las tropas británicas y se plantearon no hacer fotografías de guerra en el sentido convencional.
Otros fotógrafos prefieren documentar las atrocidades, como el caso de Gilles Peress y la guerra de Kosovo; o de Paul Love, Renzo Martens y Phil Collins y el grupo formado por Oliver Chanarin y Adam Bromberg, que se cuestionan qué puede hacer un fotógrafo en un conflicto.
Clemente Bernad es el único español presente en la exposición. Su trabajo Crónicas vascas incluía la imagen de la rueda de prensa del equipo forense que examinó el cadáver de Miguel Ángel Blanco, secuestrado y asesinado por ETA de un tiro a bocajarro en 1997. La radiografía del cráneo que aparecía le supuso ser acusado de hacer apología del terrorismo. La polémica muestra la delgada línea roja del fotoperiodismo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 2010