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Crítica:FESTIVAL DE TORROELLA DE MONTGRÍ

Música para su majestad

El ministro socialista Ernest Lluch (1937-2000) destacó, además de por su actividad política, como impulsor de la recuperación del patrimonio musical catalán. Al cumplirse el sexto centenario de la muerte de Martí l'Humà (Martín I de Aragón), el Festival de Torroella de Montgrí (Baix Empordà) quiso consagrar uno de sus conciertos, el que anualmente dedica a la memoria del político asesinado por ETA, a las músicas que pudieron sonar en las cortes de Martí l'Humà y de su hermano Joan I (Juan I de Aragón), los dos últimos reyes de la Casa de Barcelona, y que de algún modo hemos de considerar "patrimonio recuperado". El concierto era, pues, pertinente y adecuado.

Temiendo quizá que las músicas de época tan lejana pudieran resultar áridas para el público actual, el festival encargó al escritor, director de escena y dramaturgo Joan Solana (Banyoles, 1951) unos textos y su correspondiente puesta en escena que situaran al público en la época y las circunstancias de las músicas.

El resultado es El sueño del crepúsculo, un espectáculo en cinco cuadros que se ambienta entre 1410 y 1412 y a partir de tres personajes, Margarida de Prades, viuda del rey Martí; Frederic de Luna, nieto bastardo del rey, y Bernat Metge, preceptor de Frederic, se hace eco de las intrigas políticas del Compromiso de Caspe y de un hipotético amorío entre Bernat y Margarida.

La parte musical, intercalada entre los cuadros, fue encargada al grupo Tasto Solo, una formación especializada en la interpretación instrumental de músicas de los siglos XIV y XV que dirige el barcelonés Guillermo Pérez, una tarea que forzosamente ha de contar con una parte importante de reconstrucción y hasta invención, habida cuenta de la poca información sobre instrumentos, orquestaciones, articulaciones y velocidades que se puede obtener a partir de los documentos de la época. Tasto Solo trabajó con criterio, fundamento y sensibilidad musical, y si de algo pecó en la recreación de las músicas de aquellas cortes, casi todas de autores anónimos, fue de prudencia, pues quizá podría haber arriesgado más incluyendo percusión y variando más los tempi y las dinámicas.

Teatral y dramáticamente, el espectáculo solo funcionó a medias. Con recursos materiales escasos, actores que acusaban falta de experiencia y unos textos muy ricos en información pero de escasa tensión dramática, El sueño del crepúsculo se queda a medio camino de muchos sitios, pero no desemboca claramente en ninguno.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 2010