La pareja camina hasta la orilla y pisa cuidadosamente las piedras. Resbalan. El agua cristalina deja ver los pies tanteando torpemente en busca de una roca firme. No hay manera. Los dos se tambalean. Están en un tris de darse un chapuzón involuntario. Eso acabaría con el placer masoquista de adentrarse lentamente en el mar y sufrir centímetro a centímetro el frío del agua gerundense en la piel. Por no mencionar la humillación de los equilibrios previos y la culada posterior. Infame.
Pero la pareja está de suerte. En Cala Culip, en Cadaqués (Alt Empordà), no hay montañas de familias con sus neveras, atentas a la vida ajena. En Cala Culip tampoco hay batalla a la caza de un pedacito de arena. Ni miedo porque una sombrilla vuele y cause una estocada mortal en el ombligo. Ni siquiera hay discusiones sobre si lo adecuado es bañarse con las tetas al aire o es mejor ponerse la parte de arriba para evitar un paseíto incómodo hasta el mar. En Cala Culip solo hay belleza, nudismo y barcos hundidos.
Para llegar a la cala es necesario buen muslamen, buenas zapatillas de goma y conocer el camino
El entrante de mar guarda al menos ocho pecios, siete romanos y uno medieval
La pareja ha tenido que buscar y planificar su ruta porque, como lugar bello que es, se hace de rogar, escondido tras las rocas. Para llegar es necesario un buen muslamen, unas buenas zapatillas de goma de 14 euros, disponibles en cualquier Decathlon, y conocer el camino que lleva hasta él. También uno puede valerse de un barquito y llegar en un santiamén, divinamente, tumbado en la proa. Pero se pierde la magia de la conquista de un pedazo de costa recóndito en la cara norte del cabo de Creus; una cala diminuta, con un refugio de pescadores (alquilable por 20 euros la noche), junto a las rocas erosionadas por la tramontana; un entrante de mar traicionero que le ha valido el dudoso honor de acumular el mayor cementerio de barcos de Cataluña.
Esa pareja ahora temerosa, al borde del guarrazo marino, antes ha sabido encontrar el camino. Uno solo entre los muchos que hay en el laberíntico parque natural del Cap de Creus, donde el paisaje duro que causa el azote casi constante del viento imprime en el alma del turista común el desasosiego de estar ante el fin de algo.
El sendero queda a mano izquierda de la única carretera que hay, a unos dos kilómetros antes de llegar al faro del cabo de Creus. Después de 15 minutos de accidentada caminata, la pareja ha visto aparecer tras los matorrales un refugio de pescadores con porche incluido; una cala de piedras alisadas, bordeada por rocas y por pinos, y bañada por la melodía del viento; un cachito de mar, con la Punta des Vivers a un lado, el Bau d'en Saraga al otro y, enfrente, el faro del cabo de Creus. Lo que viene siendo el clásico "marco incomparable", con solo cuatro personas más (y un par de barcas privilegiadas) apostadas. Ojo a las almas sensibles, que les puede dar por la poesía o, peor aún, por la pintura.
Nada que ver con la emoción que llevó a los barcos a anclar fatalmente en Cala Culip. Se dejaron seducir por la aparente protección de la cala, que está recogidita. Pero en la cara norte. Eso significa que protege de todos los vientos, menos de la tramontana. El entrante de mar guarda al menos ocho pecios, siete romanos y uno medieval. Lo más probable es que, de un golpe, la masa de aire mandase el barco contra la roca, y de la roca, al fondo del mar. Imposible salir de la cala. Imposible entrar. De ahí el diminuto refugio de pescadores, construido en 1979.
Algo así le pasa a la pareja. Cogida de la mano, no puede parar de hacer equilibrios. Las piedras, incómodas bajo los pies, no dejan salir a los jóvenes. Tampoco entrar. Unos segundos eternos. Finalmente, cogidos de la mano, desnudos, caen al mar. Nada escandaloso, solo se desmontan un poco las gafas y el tubo de buceo. Una vez recolocados, se lanzan a nadar por el agua poco profunda, limpia y con corrientes frías. Un rincón apacible, todavía por domesticar.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 2010