Uno, desde muy pequeñito, y especialmente en la adolescencia, crea muchos mitos que poco a poco va destruyendo inconscientemente. Supongo que es inevitable convertirte en asesino de tus propios ídolos a medida que pasa el tiempo. Pero, curiosamente, nunca me ha pasado eso con Marlon Brando. Y me pregunto: ¿por qué Brando resiste al cabo de todo este tiempo como si fuera una especie de Dios? Solo encuentro una razón, y es que en él he descubierto algo que no he encontrado en ningún otro actor. En Brando he visto algo más allá de la palabra, del gesto, de la mirada, del sentido del tempo escénico, del ritmo, de la tensión dramática. He visto el símbolo, la metáfora.
Marlon Brando era símbolo porque además de todas esas virtudes interpretativas, que manejaba como nadie, incorporaba el elemento escénico de forma única. Marlon Brando simbolizó el poder con la simple caricia a un gato, la desesperación de un hombre a través de una lámpara inclinada en sus dedos, la violencia con una taza en su manos, la muerte con el aire, la madurez con el juego malabar de una armónica, lo sagrado con el silencio, la soledad con un abrigo, la dignidad del hombre con un chicle.
Pero Brando no quería ser un dios y luchó contra ello. Aun así, su presencia era tan sobrenatural en la pantalla que difícilmente podía ya encarnar a un ser humano. Entonces desvió la atención hacia lo puramente simbólico para ser real, para poder ser creíble y encarnar lo humano. Fue la única salida que tuvo, fue un recurso genial. Pero si uno desatiende la metáfora, si uno descorre el velo del símbolo y mira a su creador directamente, no puede sino ver al mismo Dios en persona. Y yo, gracias a Dios, mantengo esa fe infantil que me hace adorar a este icono del siglo XX que hoy, más que nunca, sigue vivo en mi memoria y en la de muchos espectadores.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 2010