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BETTE DAVIS COLUMNA i

La reina del contraste

Probablemente no era la mujer más bella del mundo, ni siquiera de Hollywood, pero en sus ojos habitaba una de las miradas más intensas y profundas que se han visto en una pantalla de cine. Y eso la convirtió en una mujer tremendamente hermosa. Detrás de esa mirada estaban su carácter y su personalidad. Eso era lo que alimentaba sus personajes, esa hoguera afinaba el timbre de su voz y agitaba con una especial energía su cuerpo.

Es, para mí, una de las actrices que más personalidad destilan en su trabajo. Ella decidía si quería ser hermosa o si prefería doblegar su cuerpo hasta convertirse en un ser oscuro y siniestro. No tenía pudor. Sus personajes podían ser amablemente horribles o terroríficamente adorables. La reina del contraste, del matiz, del riesgo… Eso es lo más arriesgado en esta profesión: ella decidió que gustarle a todos no era el objetivo, sino el resultado.

Hay quien dice que como persona era terrible. No lo sé… Pero sus personajes lo eran, eran terribles y por eso resultaba amable en el estricto sentido de la palabra. Amable porque era digna de ser amada, respetada, odiada, rechazada y adorada. Porque era valiente. Y rebelde. Contra sí misma, contra el sistema que le tocó vivir. Todo eso está en sus personajes. Y, sobre todo, la inmensa generosidad de reírse de sí misma. Algo realmente envidiable.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 2010