Las mismas cinco canciones repetidas una media de 50 veces en un solo día suman un fastidioso total de 500 canciones iguales en tan solo 24 horas. "Y hasta la mejor música del mundo puede ser una tortura si no puedes escaparte de ella", opina Sophie Allarp, una ciudadana danesa afincada en Madrid, que desde hace dos años habita en una casa con vistas a la plaza de Santa Ana.
Las terrazas de la plaza, abarrotadas de clientes cada tarde, atraen a músicos callejeros que, instrumento en mano, tratan de ganarse unas monedas a cambio de sus acordes. Un negocio expandido también por otras zonas de veladores de la capital, como las plazas Mayor o la de Oriente. A Sophie, por ejemplo, la desesperación acústica le estalló en forma de pancarta: "Tu euro es nuestra tortura diaria", era su lema. "El ruido de las terrazas no es desagradable, pero es que los músicos traen bajos, trompetas, acordeones, violines... No se puede dormir, ni pensar, ni descansar, ni nada de nada", se queja.
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Tanto ella como su vecina Sara Levoreiro, otra de las moradoras de la plaza más activas en contra de los músicos urbanos, opinan que las bandas de instrumentistas "forman parte de una mafia contra la que no se atreve a actuar el Ayuntamiento y que tienen controlado el negocio por todo Madrid". Consideran que la actuación policial es insuficiente. Sophie se atreve a proponer soluciones: "Se arreglaría solo con aplicar correctamente la ley de terrazas", opina. "Lo que es una pena es que los políticos no cuiden la que es una de las ciudades más bonitas del mundo", añade la danesa.
Mientras, Drago (nombre ficticio) toca su violín para un grupo de turistas que disfrutan de una cerveza fresquita. "¿Mafia?", pregunta contrariado. "Yo lo único que hago es dejarme los dedos en tocar todo el día para poder comer. ¿A ti te parece eso un delito?". Y vuelve a tocar la misma canción.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 2010