No hay manera. Cada vez que se acercan elecciones autonómicas y municipales, la sombra de un gran carajal aterra a los militantes socialistas madrileños. Y no digamos a sus votantes. La determinación de perder, cueste lo que cueste, parece no querer ahuyentarse de los despachos. Es como una maldición. Pero no de esas a las que solo cabe pedirle cuentas y misericordia al altísimo. No un gafe desesperante, ni tampoco un imponderable que hace mermar cualquier raciocinio. No. Se ha impuesto como una tradición desde que desaparecieran Tierno Galván y Joaquín Leguina. Perder por perder.
Si no, echemos una simple mirada a los candidatos del otro lado. ¿Tan difícil era derrotar en las urnas en su día a Álvarez del Manzano y después a una todavía líder inmadura cuando se presentó la primera vez como Esperanza Aguirre? Ahora, instalados como Pedro por su casa en la tumbona del poder, a ver quién les quita la caipiriña de la mano.
La determinación de perder parece no querer ahuyentarse de los despachos socialistas
Parece que los socialistas lo buscan y lo encuentran. Pelearse y tirarse bien los trastos a la cabeza para palmar. Preocuparse del divide y vencerás antes de plantar cara y sorprender a la ciudadanía con un programa atractivo, moderno, ilusionante. La estrategia de la dirección del partido es tan clara como catastrófica y los acontecimientos de la última semana lo demuestran.
Esta es la línea de actuación. Un paso adelante; siete para atrás. Ejemplo: Trinidad Jiménez. Los líderes se van cociendo a fuego lento. Cuando la dirección del PSOE designó como candidata hace dos legislaturas a la chica de la chupa planteaba una apuesta de futuro. No cuajó y la retiró del cartel. En vez de dejarla fajarse para con tiempo llegar a la meta, cambiaron la alineación. Los votos que fuera acumulando entonces se largaron todos por donde habían venido. La opción elegida como recambio se rebeló como un disparate después de que los grandes nombres barajados se hicieran los locos. ¿Se acuerdan de Miguel Sebastián? Mejor, olvídenlo.
Lo mismo ocurrirá con Tomás Gómez. Abandona el hombre su alcaldía de Parla con la ilusión de colocarse en el maratón por Madrid y ahora... patada en el culo. ¿A quién proponen los jefes? Trinidad Jiménez. ¿Será que para dentro de cuatro años querrán volver a la carga con Sebastián? ¡Horror!
Y así pasan los años y las legislaturas. Nadie se come una rosca. Mientras, el PP se permite el lujo de sacarse las tripas en público a guerra abierta entre el alcalde y la presidenta con la tranquilidad de saber que nunca jamás perderán el feudo. Creen Zapatero y Pepiño Blanco que Gómez no ilusiona. Uno tampoco es que tenga mucha fe en él a la vista de la pobretona oposición. Su capacidad de reacción a los grandes escarnios aguirristas -desde los casos de corrupción que asolan al PP madrileño al desmantelamiento sin tregua de los servicios mínimos que se deben exigir a un Gobierno autónomo- ha resultado más que discutible. Pero también es cierto que ha jugado sin posibilidades de debate cara a cara en la Asamblea.
Sin embargo, en los últimos meses el candidato obcecado se nos ha rebelado con una determinación, una fijación de guerrero del antifaz que me recuerda a aquella de Zapatero predicando en el desierto durante los últimos años del aznarismo. Cuando nadie daba un duro por él y acabó ganando las elecciones. Sería recomendable que el líder socialista se mirara en ese espejo estos días.
Además, dadas las sucesivas catástrofes, mejor dejar que alguien cuaje, con paciencia, sin prisas. Ya se verá. No ha dado resultados jugar a la ruleta con las cabeceras, a no ser que cuentes con una opción de ensueño. La candidatura, para el que se la trabaja. Además, así se ahorran el lío de las primarias, que a día de hoy resulta tan surrealista como saber que solo existe un candidato para la disputa. Hay otra ventaja: no calientas el patio. Aunque da lo mismo. Si la dirección del PSOE dice amén a Gómez, los guerrilleros del PSM ya encontrarán la manera de no apechugar y joder la marrana para no salir del bucle. Lo dicho: una maldición. Pero con nombres y apellidos: primero los caprichosos y dubitativos responsables a nivel nacional. Después los de todos aquellos que en camarillas destrozan cualquier salida sin antes no montar el pollo por una u otra razón. Por puro y simple vicio.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 2010