Las autoridades tributarias británicas se lo están poniendo difícil a la Asociación de Fútbol (FA por sus siglas en inglés). El Portsmouth, un club en bancarrota que la temporada pasada se vio relegado de la máxima categoría, está recuperar la gestión de la empresa, actualmente en manos de un administrador. El fisco ha pitado falta, y con razón. Las normas de la FA para los acreedores son un escándalo.
Esas normas crearon el "acreedor del fútbol". La pertenencia a una de las 13 categorías especificadas supone el pago completo de cualquier deuda antes que a todos los demás acreedores. El Servicio de Aduanas e Impuestos de Su Majestad (HMRC, por sus siglas en inglés) no figura en la lista, y quiere que a la FA le piten fuera de juego.
El caso llegará al Tribunal Supremo en otoño, pero en los tribunales se dirime un caso paralelo contra el administrador del Portsmouth.
El club hace frente a una penalización de 20 puntos, suficiente para garantizar prácticamente un destierro más prolongado si no se libra del administrador antes del comienzo de la temporada. Este propone pagar a los acreedores no pertenecientes al sector futbolístico 20 peniques por libra, y afirma contar con la aprobación necesaria del 75% para el denominado Acuerdo Voluntario de Acreedores (AVA), que rehabilitaría a la empresa.
El HMRC sostiene que el Portsmouth le debe 37 millones de libras, 13 millones más de los que declara el administrador. La diferencia son los impuestos por derechos de imagen, que hacen todavía más ricos a los jugadores, y una factura de 37 millones de libras bloquearía el AVA.
Puede que el administrador del Portsmouth esté respetando las reglas, pero las reglas son moralmente indefendibles. Estas garantizan que los jugadores más importantes puedan derrochar dinero en Lamborghini y vivir a lo grande, mientras que el carnicero y el panadero están arruinados. Quizá crean que merece la pena correr ese riesgo para apoyar a sus héroes en el campo, pero el fisco no puede ser tan sentimental. La norma del "acreedor del fútbol" es un anacronismo grotesco.
Cualquier justificación al respecto se remonta a cuando el fútbol era solo un juego. No la hay cuando se trata de un negocio internacional.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 2010