Para su presentación madrileña Gerard Mortier no eligió una ópera del siglo XX, como bastantes pronosticaban, sino que se decantó por un título romántico hasta las cejas: Eugenio Oneguin, de Chaikovski. La elección tiene lógica. Las llamas de la pasión están presentes en todo momento en una obra llena de melancolía y que explora hasta lo más profundo del corazón humano. Para alguien que defiende las emociones como motor fundamental de la ópera, Eugenio Oneguin es un tesoro. La primera carta de Mortier para su puesta de largo madrileña era así más que coherente.
En segundo lugar, la elección de una compañía estable del prestigio del Bolshói de Moscú volvía a recordar la importancia del trabajo en equipo y en concreto de los conjuntos estables a la hora de montar en condiciones una ópera. La memoria madrileña nos llevó a otro Eugenio Oneguin, representado en el teatro de La Zarzuela en 1981 con Yuri Temirkanov y el teatro Kirov de Leningrado, que causó conmoción y puso en primer plano otra manera de hacer ópera en contraste con la atención a los divos y poco más que entonces se llevaba.
EUGENIO ONEGUIN
De Chaikovski. Orquesta y Coros del teatro Bolshói de Moscú. Director musical: Dmitri Jurowski. Director de escena: Dmitri Tcherniakov. Con Tatiana Monogarova, Alexey Dolgov, Makvala Kasrashvili, Nina Romanova, Mariusz Kwiecien, Margarita Mamsirova y Anatolij Kotscherga. Inauguración de la temporada. Teatro Real, 7 de setiembre.
Curiosamente, el director de escena Dmitri Tcherniakov (Moscú, 1970) manifiesta en el primer número de La Revista del Real que Eugenio Oneguin fue la primera ópera que vio. Tenía entonces 12 años y la compañía del Kirov de Leningrado se encontraba de gira por Moscú con esta ópera de Chaikovski. No podía entonces imaginar el director ruso que iba a dirigirla más adelante con el teatro Bolshói de su ciudad natal en la producción que ayer se presentó en el Real.
Lo más discutible en las giras de las compañías del Este de aquellos años eran las escenografías, bastante anticuadas. Por ello son especialmente significativas la inteligencia y pasión que rezuman en la puesta en escena de Dmitri Tcherniakov para Eugenio Oneguin. El espectáculo tiene una dirección de actores colosal, pero además crea las atmósferas adecuadas para la exploración de los sentimientos individuales y colectivos, tiene una iluminación depurada y es de una sobriedad e imaginación que dejan sobrecogido al espectador. Sin necesidad de escándalos ni golpes de efecto, sin recurrir a ocurrencias gratuitas y efectistas. Pensando todo en función de las pasiones del alma. Esta era la tercera baza de Mortier: un director de escena con ideas que nunca había recalado en el Real y que ahora se lo rifan en Milán, Berlín o París y, por supuesto, en su propio país.
El reparto vocal fue coherente y de notable nivel. Como cantantes-actores estuvieron todos extraordinarios. Los valores expresivos y teatrales estaban en primer plano, algo imprescindible en la ópera para transmitir la tragedia, el drama o los estados de ánimo. La orquesta y el coro respondieron a los mismos principios básicos. En concreto, la orquesta brindó una prestación de una melancolía infinita, con acusados contrastes y con remansos de paz permanentes para ayudar a profundizar en la interioridad de los personajes. Un defecto: las pausas entre escenas fueron excesivas y dispersaron la concentración.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 2010