Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Análisis:EL ACENTO

La desmemoria

Rosalía Iglesias, la esposa de Luis Bárcenas, el ex tesorero del PP imputado en la trama Gürtel, tiene muy mala memoria. Le pasa a mucha gente: hay quien olvida donde ha dejado las gafas, el móvil, las llaves. Ya conocen el viejo chiste: ¿cuántas veces has ido a Nueva York? Una o ninguna, ahora no lo recuerdo. Pero el caso que nos ocupa es de otra magnitud: Rosalía Iglesias ha olvidado si ha tenido ingresos en los últimos 10 años como pago a sus trabajos. Es más, ha olvidado si ha trabajado.

Tal grado de desmemoria, rayano en la excepcionalidad clínica, solo puede deberse a tres circunstancias. Una: la señora de Bárcenas ignora en qué consiste eso de trabajar: ocuparse en cualquier actividad física o intelectual, tener una ocupación remunerada en una empresa o una institución, ejercer determinada profesión u oficio, según la RAE; dos: ha sido atacada por algún virus propagador de la amnesia; o, tres, es una pieza más en una trama urdida por los caros abogados de Bárcenas para librarle del trullo.

Es posible, aunque no muy probable, que la señora Iglesias desconozca que las personas se acuerdan de haber ejercido algún trabajo, por leve que este sea; incluso está mayoritariamente aceptado que suele recordarse el hecho de haber recibido ingresos por esa labor como para tener una cuenta corriente con un millón de euros. Cabe pues, la segunda opción: el virus. Ataca mucho a los miembros del partido cuyos dineros vigilaba su marido: no se acuerdan de El Bigotes, ni de cuando se sentaron con ETA, ni del número de abortos que se realizaron en los ocho años que gobernaron (511.429, por si les interesa), ni de cuando pactaban con el PNV o hablaban catalán en la intimidad. El virus maligno.

No excluyamos la tercera posibilidad: la del descaro de los implicados en la trama Gürtel, dispuestos a defender, impávidos o impávidas, con la asesoría de prestigiosos bufetes pagados por el PP, inverosímiles declaraciones ante los jueces para ocultar lo obvio: que no hay manera de justificar determinados ingresos, determinadas cuentas, determinadas posesiones, determinadas fortunas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 2010