Un clamor. La sola aparición del artista hace que se caiga la sala. La ovación se adelanta al final de su primer tema. Es lo que despierta una actuación de Paco de Lucía, no importa, quizás, lo que venga detrás o que al guitarrista, como anoche, le cueste encontrar su sitio. Había algo en su toque que inquietaba porque no cuadraba con la memoria más inmediata de un concierto anterior. El tiempo fue poniendo las cosas en su sitio y ya por alegrías, bien mediada la primera parte y con toda la banda en escena, todo pareció funcionar.
Aunque en los conciertos del maestro el formato está fijado desde hace mucho, su actuación de anoche vino a demostrar que nada en este arte es predecible. Y más, tratándose del artista que es. Paco de Lucía combina la búsqueda del perfeccionismo, los cabos todos bien atados, con su propia genialidad, lo que puede deparar instantes de esos que te pellizcan en vaya usted a saber qué adentros. Es lo previsible junto a lo que te asalta de improviso. Porque, como viejo sabio que es sobre las tablas, el guitarrista ordena sus recursos con inteligencia. Toca y toca, y cuando menos se le espera, suelta el trallazo: ese picado de vértigo que hace que una larga exclamación recorra la sala. Pero eso entra dentro de lo previsible; los arañazos, las cuatro notas que reúnen emoción y flamencura, se esconden dentro del largo discurso que es su actuación, y fluyen con cuentagotas para deleite de los buenos paladares.
CONCIERTO DE CLAUSURA. PACO DE LUCÍA
Guitarras: Paco de Lucía y Antonio Sánchez. Cante. Duquende y David Maldonado. Armónica: Antonio Serrano. Bajo: Alain Pérez. Percusión: Piraña. Baile: Farruco.
Teatro de la Maestranza. Sábado 9 de octubre. Lleno.
El guitarrista de Algeciras provoca un clamor con su sola presencia
Anoche costaba encontrar esos arañazos dentro de un concierto que se hizo rítmico nada más concluida la rondeña inicial. Apenas cuatro temas para su toque en solitario, aunque para el buen aficionado bien podrían justificar la entrada. A partir de ese momento, decidió situarse como en un segundo plano, a la vez que fue dando opciones para el lucimiento de los componentes del grupo. Se admite, pues, la distensión como parte de una actuación que se prolonga hasta las dos horas. Y más si con ella vienen delicias que siempre son un gusto escuchar, como la Canción de amor, donde el virtuoso de la armónica Antonio Serrano despliega algo más que sus pulmones. Las querencias de Paco por los ritmos ligeros remitieron de nuevo al terreno cercano de Cositas buenas. Volar, volar... Con el cante de Duquende casi siempre es posible y, además, su timbre provoca la sensación de que siempre hubiese estado ahí. El baile de El Farruco se sitúa a la altura y, por sus entresijos, el maestro deja falsetas para el sentimiento. ¡Qué bueno siempre escuchar Zyryab!. Y así, hasta el más esperado y conocido bis: la apoteosis.
Pero la distensión cuadra mejor después de la emoción intensa. Como cuando se queda resonando en los oídos la tensión contendida de las notas de la rondeña, por citar el impacto más directo porque, además, es el primero. Quizás no fue el caso de este concierto de clausura. Son muchas las sensaciones que se pueden llegar a acumular en un concierto de Paco, y cada cual las vive a su manera.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2010