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Crítica:TEATRO | AULLIDOS

Te quiero, monstruo

En Aullidos, la bella durmiente no despierta de un casto beso en los labios. Tampoco consigue despertarla Hans, hombre lobo adolescente, husmeando en su entrepierna, ni copulando bestialmente con ella. Nueve meses después, la joven resucita por fin debido a los dolores del parto resultante y al contacto suave de su niño recién nacido. Las versiones originales de los cuentos de tradición oral de las que se ha empapado la genial compañía vallisoletana Teatro Corsario para crear este espectáculo poco tienen que ver con las caramelizadas por Disney. Aquellas son el pavoroso diario de avisos donde, de manera alegórica pero sin pudor alguno, se instruía a los chicos sobre los ciclos de la vida y los peligros del mundo.

AULLIDOS

Autor y dirección: Jesús Peña. Intérpretes. Teresa Lázaro, Olga Mansilla y Sergio Reques. Tramoyistas. Iñaki Zaldúa y Diego López. Compañía: Teatro Corsario. Matadero. Hasta el 16 de octubre.

No recuerdo otro espectáculo de marionetas adscrito tan claramente como este al género fantástico y de terror, y menos con muñecos cuyo tamaño, textura y calidad de movimiento los hace cuasi humanos. Liberadas de servidumbres realistas (el cine gore se ocupa de entretener hoy a la población que antaño iba a ver los aterradores espectáculos de grand-guignol, cuyo nombre llama a equívoco porque nada tienen que ver con los títeres) y liberadas también de la fuerza de la gravedad, de la labilidad emocional, de la fatiga y de toda humana servidumbre, las marionetas de Teatro Corsario entran a campo traviesa por terrenos escatológicos y eróticos difícilmente abordables con actores de carne y hueso.

Carrera de obstáculos

Con una treintena de criaturas de tamaño humano gigante, bien hechas y fantásticamente manipuladas, sin palabras apenas para no perder la magia, Corsario habla simbólicamente del paso de la infancia a la edad adulta como una carrera de obstáculos cuya guía es el instinto de supervivencia. "Para que no te coman hay que enseñar los colmillos", vienen a contarnos durante los encontronazos sucesivos de Hans con ogros, ojáncanos, sirenas y tortugas gigantes. De ser interpretado por actores, el escabroso acoplamiento final entre él, monstruosamente transformado, y la cataléptica Talía sería directamente pornográfico, pero hecho por estas criaturas intermedias, inanimadas pero carnales, resulta festivo, evocador y de una sensualidad equívoca.

Es generoso en extremo el trabajo de manipulación en el anonimato de Teresa Lázaro, Olga Mansilla y Sergio Reques, completamente forrados de negro y en tinieblas siempre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2010