Se diga lo que se diga, la historia nunca se repite. Pero no es menos cierto que circunstancias parecidas tienden a dar lugar a situaciones semejantes. En la tercera entrega de la serie veíamos a Alatriste y a Íñigo participar en las campañas de Flandes, tras librarse el segundo de las garras de la Inquisición en el último momento, para alejarse del viciado aire de la corte. En la sexta, los turbios acontecimientos transcurridos en lo público y en lo privado a costa de El caballero del jubón amarillo aconsejan poner de nuevo los pies en polvorosa por el bien conocido expediente del reenganche. Solo que en esta ocasión no regresarán a los brumosos campos de Flandes, sino que Diego e Íñigo se vuelven hacia el luminoso Mediterráneo, para embarcarse como infantes de Marina (que diríamos hoy) en las galeras al servicio de Su Majestad.
La novela retrata el tono y el colorido de las ciudades del Mediterráneo
Luminosidad y viento marinos contagian la acción e impregnan las páginas de la novela. La guerra, desde luego, sigue siendo brutal, como en El sol de Breda, pero al menos ahora es, en cierto modo, limpia. El aire aquí se puede respirar y con sus bocanadas la acción se mueve trepidante arrastrada por vientos propicios. El íntimo conocimiento del mar y la navegación que posee el autor hacen el resto. Cazas y abordajes, combates borda con borda, tempestades y bogar de remos. Todo está aquí. La febril actividad de las naves en corso que se combaten a lo largo y a lo ancho de todo el Mediterráneo marca el ritmo de la narración y la convierte posiblemente en la más dinámica de la serie, lo cual, hablando de un conjunto de novelas de capa y espada, es decir, mucho.
Claro que Corsarios de Levante no trata solo del mar y los marinos, entendidos como simples telón de fondo y personajes. Habla también del Mediterráneo como ágora en que se dan cita culturas milenarias y de donde surge y cristaliza la civilización como hemos venido a entenderla, como lo que esta puede significar para nosotros. Pérez-Reverte lo ha ejemplificado otras veces con referencia a su natal Cartagena, púnica primero, romana después, más tarde mora y después cristiana, y en todo tiempo puerta siempre abierta a vientos y a navíos de todas partes del mundo. Lugar, pues, de mestizaje, que enseña una vieja y sabia lección de vida. Con esa paleta se retrata en la novela el tono y el colorido de las ciudades ribereñas del Mediterráneo, representadas por dos localidades entonces pertenecientes a la Corona Hispánica, primero Orán, cabeza de puente sobre tierras berberiscas y centro de la lucha contra los corsarios norteafricanos al servicio, al menos nominal, del poder otomano, y después Nápoles, donde la presencia aragonesa, primero, y española, después, ha dejado hasta el presente huellas indelebles.
En ese panorama destaca la aparición, precisamente en Orán, de un nuevo personaje que se suma a Íñigo (que continúa aquí distanciándose del capitán, aunque en este caso más por una crisis de crecimiento propia que por el comportamiento de Alatriste) y a Sebastián Copons. Además, el recién llegado parece haberlo hecho para quedarse. Se trata de un azuago, es decir, un miembro de una levantisca tribu bereber en combate con todo y con todos por salvaguardar su libertad, llamado Ben Gurriat, pero cuyo nombre es españolizado en Gurriato, término que designa al pollo del gorrión, pero que en aragonés significa también pícaro (de donde se deduce que el autor del apodo fue Copons). El rebautizado como Moro Gurriato es, además, un políglota consumado, encarnando así a un genuino vástago de esa encrucijada de épocas, gentes y culturas.
Reflejo de ese mestizaje y a la vez homenaje a los textos de quienes vivieron y narraron esa época, empezando por Miguel de Cervantes y por el capitán Alonso de Contreras (que ya se había sumado en la anterior entrega a la lista de personajes memorables de la serie), es también la mezcla idiomática. Voces y frases árabes, turcas, bereberes, italianas y vascuences, amén de la lingua franca y del indispensable latín, aún lengua de cultura de todo el Occidente europeo, salpican y salpimientan las palabras de los personajes o las del propio narrador, traduciendo así esa riqueza que nace de la libre circulación de ideas y personas cuando las barreras catetas del miedo irracional al foráneo o del aldeanismo excluyente y diferencial no le empiezan a poner puertas al campo. Eso sí, sin caer en los tópicos fáciles de una arcádica convivencia que nunca se dio, sino apelando a la retorcida complicidad de viejos enemigos que llevan mucho tiempo buscándose las vueltas. A fin de cuentas, "vecinos del mismo patio mestizo. Gente de idéntica casta, entre la que no era descabellado compartir un vaso de vino, una carcajada, un insulto rotundo y pintoresco, una broma macabra, antes de crucificarse o de intercambiar cabezas a cañonazos con imaginación y saña. Con buen, viejo y sólido odio mediterráneo. Pues nadie se degüella mejor y más a gusto que quien harto se conoce".
Mañana, viernes, por solo 7,95 euros con EL PAÍS, Corsarios de Levante.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de noviembre de 2010