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Elecciones municipales y autonómicas

Subidos a la noria, aquí no pasa nada

Es probable que lo que más satisfaga a Jorge Alarte (PSPV) y a Alicia de Miguel (PPCV) no sea pasar unas horas de la madrugada del sábado al domingo en un entretenido programa de televisión por donde desfilan lo mismo sus colegas que los toreros, las tonadilleras y los protagonistas de lúgubres sucesos. Pero si mérito tiene que el primero encuentre tiempo, recién salido de lidiar con sus huestes por las listas en su partido, para explicar en La Noria, Tele 5, la responsabilidad de Mariano Rajoy al proclamar candidato del PP en la Comunidad Valenciana a un imputado, que es lo que sencillamente proponía el programa, más mérito tiene que De Miguel se prestara a lo mismo. Porque se entiende que el líder de los socialistas valencianos deba aprovechar cualquier tribuna para hacer oír la voz que ignora Canal Nou, y las televisiones que gozan del favor del Consell, pero no es el caso del PP y cualquiera de sus representantes, sobrados de plataformas. Además, ante la imposibilidad de que Canal Nou -una de las deficiencias democráticas más escandalosas del Gobierno de Valencia- se atreva a cuestionar ni por asomo el argumento oficial de que Camps es víctima de un montaje siniestro, no solo es natural que Alarte aproveche cualquier oportunidad mediática, sino que el PP le niegue el honor de compartirla con una de sus primeras figuras. Por eso designó a De Miguel como su interlocutora y por lo mismo Alarte empezó su intervención del sábado acusando el desdén. Pudo haber detectado la diputada comportamiento machista en la dirección de su partido al escogerla como el personaje secundario que merecía Alarte, pero prefirió escenificar una reacción ofendida de feminista arrebatada cuando el socialista echó de menos en aquel plató a uno de los portavoces habituales de los populares de Valencia.

En 'La Noria' empezó lo que pudo ser un debate y acabó siendo una discusión de corrala

Así empezó lo que pudo ser un debate y acabó siendo una discusión de corrala en la que se puso sordera a los argumentos que denunciaban la inconveniencia de la nominación de Camps; se trató de desviar la conversación, si por tal pudiera tomarse aquel griterío, a otros casos y a otras personas. Porque la reacción de la diputada no respondía a la dolorida respuesta al hecho de que pudiera tenerse por más adecuada la presencia allí de un hombre o de una mujer, que no se trataba de eso, sino a lo que se dibujó pronto como una artera estrategia para el despiste. El intento de soslayar detalles de la supuesta implicación en la trama Gürtel del presidente de la Generalitat fue la línea orientadora de su actuación y la de aquellos periodistas que en perfecta coincidencia con ella pusieron la carne en el asador, más que para defender a Camps con argumentos reveladores, para negar sin más cualquier argumento del contrario y comparar la pena que para Camps se pide, no ya con la suerte de José Bono, que ha presentado todas las facturas que el president no encuentra, sino incluso con el castigo que mereció un conocido terrorista.

No obstante, en honor de los políticos invitados hay que reconocer que en el ruido, las malas maneras, la ordinariez y el mal gusto reinantes no incurrieron, con lo que la discreción de ambos quedó a salvo. Alarte apenas pudo hablar, y a veces, cuando habló, fue imposible escucharlo, pero sí explicó con brevedad lo que no quería y lo que sí quería para Valencia, algo que en aquel contexto resultó milagroso. Pero el milagro no afectó a su contrincante política, que requirió a Alarte la explicación que acababa de dar, como si no le hubiera escuchado. Ella, que tampoco habló demasiado, prefirió dedicarse a exaltar lo que ha hecho el Gobierno Camps, sin añadir una sola muestra, y reiterarse de paso en lo que en el PP valenciano se repite con frecuencia: que todo es un simple montaje de los socialistas para echar a Camps y que el PSPV recurre a invenciones de este tipo ante la imposibilidad de conseguir el poder en las urnas. Alarte apenas pudo rechazar ese argumento, aunque trató de hacerlo, pero es evidente que toda oposición trata de ganar en las urnas cumpliendo con su deber. Y entre los deberes de cualquier partido opositor está lo que todo demócrata sabe: la obligación de defender la decencia y la honorabilidad en las instituciones y pedir claridades en la gestión pública. Eso que la oposición valenciana, y en consecuencia la ciudadanía, no obtiene jamás del Gobierno de Camps en medio de una peste asfixiante a corrupción porque, al contrario de lo que todo demócrata entendería que debe hacer, se niega.

La tesis de que Camps es la víctima de un montaje, no por repetida hasta la saciedad resulta más eficaz para una buena defensa, pero ni la diputada defensora ni los periodistas que la abrigaban expusieron argumentos de mayor peso. Lástima, pues, que De Miguel, subida a su propia noria, no obtuviera gran éxito al tratar de demostrar que aquí no pasa nada. Vaya si pasa...

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 3 de marzo de 2011