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Análisis:EL ACENTO

Tachar al lector

Mario Vargas Llosa es uno de los lectores más importantes de nuestra lengua. Es seguro que se merecía el premio Nobel de Literatura por todo lo que ha escrito, pero si hubiera un premio para aquel que ha divulgado con enorme entusiasmo todo lo que leyó ese galardón tendría que haber sido para él.

Así que las librerías, las bibliotecas (en algunas de las cuales, en Londres y Madrid, sobre todo, ha escrito algunos de sus libros) y, cómo no, las ferias del libro de nuestro ámbito tendrían que rendirse ante él y celebrar su presencia como la de un benefactor universal de la lectura.

Esto es así incluso sin premio Nobel. De hecho, desde que recibió este galardón, en diciembre del año pasado, ha sido requerido por muchas ferias, empezando por la de Guadalajara, en México, adonde no pudo acudir. Y finalmente aceptó ir a la de Buenos Aires, que es una de las grandes ferias del libro del mundo. No es extraño, pues la literatura y la industria editorial que se producen en Argentina son de enorme importancia.

Así que ahí iba a estar (y estará, seguramente) el autor de La fiesta del chivo, en abril próximo, abriendo la feria y diciendo lo que a él le pareciera oportuno, como dueño que es de su libertad, de la de sus ideas y de la de su literatura.

Pues, no, señor, no le gustó esa perspectiva a algunos tronantes escritores argentinos que, disfrazados de nuevos censores, han decidido que la presencia de Vargas Llosa supone una piedra de escándalo por la que ellos no quieren pasar. Y han sugerido, con la constancia de los intolerantes, que se vea vetada su presencia en ese estrado.

Luego han disfrazado de muchas maneras el propósito principal, que se calle Mario; y ha tenido que salir la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, a la que parece que querían halagar con aquella propuesta insólita, a decir que se dejen de vetos, que no está el mundo para vetos.

La presidenta está en lo cierto: en una feria del libro no se puede impedir la presencia (y el discurso) de un autor; pero tampoco se puede impedir que uno de los grandes lectores de la lengua española vaya allí para decir lo que piense, sea de la escritura o sea de la vida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 3 de marzo de 2011