Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

El traje ignífugo de Zapatero

No querían que se fuera. Ahora dicen que lo han echado ellos. No es verdad. Ellos querían que siguiera. Que lastrara las elecciones autonómicas y municipales del 22 de mayo. Y que volviera a presentarse, para verle al fin perdedor ante Rajoy, y desquitarse así a la tercera de las dos anteriores derrotas. La de Zapatero anularía así sus dos victorias, la discutida de 2004 y la ya indiscutible de 2006, sobre Aznar por persona interpuesta y sobre Rajoy con su entera responsabilidad.

Para que se dieran todas estas circunstancias era preciso, primero, que Zapatero siguiera manteniendo la incertidumbre sobre su futuro hasta el último día de la legislatura. Y luego que, en el camino, liquidara las ganas de sucederle a cualquier otro candidato, para desembocar así en una tercera candidatura aparentemente forzada, que repetiría la dulce derrota de González en 1996.

Lejos de ser un pato cojo, todavía tiene margen para terminar bien, después de que todos daban por hecho que terminaba mal

Zapatero nos dice ahora que su propósito era firme desde el primer día. Que iba a ser un presidente de dos legislaturas y basta. Tiene sus testigos, aunque en ningún sitio está escrito que no pudiera rectificar un propósito mantenido en secreto. La exhibición de los rojos tirantes de Emilio Botin en La Moncloa durante la cumbre empresarial dio más pábulo a quienes sostenían que iba a seguir callado hasta 2012, a la espera de que un golpe de la fortuna le permitiera aspirar a esa tercera victoria. No ha sido así, pero todavía hay margen para que alguien obedezca al presidente del Santander: pidió estabilidad, lo que significa terminar las legislaturas.

El análisis era malo. Daba bazas excesivas a Rajoy para que siguiera sentado impasible ante la puerta de su casa. Los socialistas no podían permitirlo. Zapatero tiene ahora ante sí un programa de acción hasta la disolución tan claro como necesario: mientras mantuviera su futuro sin despejar, cuanto más y mejor se aplicaran los ajustes, peor hubiera sido para las expectativas electorales de los socialistas. Cualquiera de sus movimientos iba a ser en manos del PP munición para seguir metiéndole plomo en el cuerpo.

Ahora es el caso contrario. Zapatero puede gobernar con tranquilidad y hacer lo que deba hacer. Además de gobernar con manos más libres, concentrado en terminar la legislatura, tiene la oportunidad y la obligación de jugar de árbitro interno del partido. Llevó a los socialistas de nuevo al poder en 2004 antes de lo que esperaban, por lo que algo tienen que agradecerle. Pero ahora les estaba arrastrando a la sima de la impopularidad y de la derrota anunciada y ya experimentada en Cataluña. Lógico es que intente facilitar su sucesión, para que el socialismo no termine despeñado en las generales de 2012.

Si en el PP atendieran a la razón más que a las vísceras, sabrían que les conviene llegar tranquilamente al gobierno, a ser posible cuando todo el recorte haya pasado. Se les ve ahora con la ansiedad en el cuerpo. Como si no creyeran en la ventaja enorme que les dan las encuestas y temieran de pronto que se les pase el arroz. Cada vez que pidan la disolución del Parlamento todo el mundo entenderá que les puede la angustia. Tienen mucha prisa. El hambre de poder hace correr. Pero para que los ciudadanos entiendan y compartan sus prisas deben explicar con claridad qué quieren hacer que sea realmente distinto de lo que se está haciendo. Su argumento sobre la restauración de la confianza solo valdrá en la medida en que nos expliquen sus propósitos de Gobierno.

Todos los gobernantes sufren con la crisis. Cada uno aporta méritos de su cosecha, pero la crisis se los engulle a todos: con los méritos que hayan hecho para ganar y para perder. Todas las ideologías convencionales, que se comprometieron en la construcción de nuestros Estados dl bienestar europeos, se hallan ahora en el disparadero. Vale incluso para los liberales alemanes. Sacar a los países de la crisis y sacar a cada uno de los partidos de gobierno de sus propias crisis son tareas gigantescas. Lejos de ser un pato cojo, a Zapatero le queda todavía algún margen para terminar bien, después de que todos daban por hecho que terminaba mal.

No hay muerte en política. Siempre cabe una resurrección. La única muerte es la natural, que afecta a todos. Y el único político liquidado es el que de verdad está muerto y enterrado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2011