De repente salió una corrida de toros. Corrida para todos los gustos, porque distintos sabores. Predominó el dulce, con diversos matices, y sólo uno salió amargo, el primero, que fue la alimaña tradicional. Sin mucho aparato por delante, como norma general del resto del lote, hondo y largo. Al primer muletazo quiso colarse entre las piernas de Rafaelillo, que con pasmosa habilidad sorteó el envite. Desde ese momento la faena quedaba convertida en un fuego cruzado entre ambos protagonistas. Rafaelillo con la bayoneta calada; el de Victorino, buscando bulto y rebañando por tierra, mar y aire. Bella y gallarda lucha la del torero, que sudó la camiseta pero llegó primero a la meta.
Martín / Rafaelillo, Bolivar, Aguilar
Toros de Victorino Martín, bien presentados, nobles y de excelente juego, que humillaron en la muleta. El primero sacó peligro.
Rafaelillo: estocada caída (saludos); estocada algo pasada (oreja).
Luis Bolivar: bajonazo y entera caída (saludos); estocada desprendida (oreja).
Alberto Aguilar: casi entera trasera (oreja); pinchazo y cinco descabellos (silencio).
Plaza de Castellón, 3 de abril. Octava y última de Feria. Más de media.
El resto de la corrida fue otro cantar, de cante a la bravura y nobleza. Gran toro el tercero, con una carga de pólvora en cada embestida. Hambre de muleta en el toro; hambre de triunfo de Aguilar en faena fundamentalmente de coraje. El cuarto fue de gran calidad por el izquierdo y Rafaelillo se rebozó de toro en naturales de exquisito gusto. Dulzón el quinto, con el que Bolivar se prodigó en faena larga, algo intermitente. Antes, con el segundo, también noble y de poca fuerza, Bolivar sacó muletazos uno a uno. El sexto y Aguilar no terminaron de acoplarse, aunque el torero insistió con voluntad.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2011