Málaga es capital del golf. Sus múltiples campos son un reclamo turístico que unir al clima. En el hotel me ponen un jabón de manos con forma de pelota de golf. No les cuento las mil y una peripecias persiguiendo el jabón por la habitación. En el campo de Guadalhorce, a 20 minutos de la ciudad, se entrena Miguel Ángel Jiménez apenas unos días antes de salir hacia Augusta para disputar el Masters. Practica en solitario y absolutamente concentrado la mejor postura para sus golpes. De tanto en tanto, enciende un puro y lo deja reposar en un curioso ingenio con forma de pelota de golf y hendidura para encajar el cigarro a dos dedos de la hierba.
A Miguel Ángel Jiménez le gustan los placeres sociales, de cocción lenta. Fuma puros, degusta el vino y cocina paellas. "El secreto de la paella está en el disfrute mientras se prepara. La paella es la excusa para juntarse los amigos y disfrutar". En su maleta se cuelan, junto a los guantes, las gorras y los palos, las exquisiteces del jamón, algún tinto elegido, las cajas de Cohibas serie VI, de Edmundos, de Auroras, aceite de oliva.
Miguel Ángel Jiménez es de los últimos jugadores profesionales que empezó de caddie. "Yo llevaba el carrito. Me acuerdo la rabia que me daba que no me dejaran participar en los torneos amateurs. Entonces las cosas no eran como ahora. Las clases estaban bien separadas. Yo tenía que hacer de caddie en los torneos a chavalitos de familia bien que ni siquiera jugaban fatal. Y allí me aguantaba el torneo pensando que yo le daba a la bola mucho mejor que ellos. Ahora para todos soy un tipo importante, pero yo me acuerdo de entonces. Bah, mejor no hablar". Y es que el golf en España contuvo también una metáfora perfecta de la lucha de clases. Deporte de élites torpes hasta que un humilde caddie de Pedreña llamado Ballesteros puso a nuestro país en el mapa de los grandes aficionados anglosajones.
Los ojos verdes de Jiménez, su coleta de pelo rizado y su perilla y bigote pelirrojos le convierten en un jugador particular en el circuito, una especie de rockero en la iglesia. Basta verlo bromear con los periodistas, ofrecerse de la manera más abierta, invitar a las cervecitas "del hoyo 19", es decir, el chiringuito del club, para darse cuenta de que es alguien libre al que le importuna que le digan cómo tienen que hacerse las cosas. "Me acuerdo de que dejé de jugar a las Gameboy al ver que aquello enganchaba, que había un momento que mandaban sobre ti. Lo mismo me pasa con las supersticiones. Recuerdo que Seve Ballesteros, que era el jugador que yo más admiraba, tenía la manía de rechazar siempre la bola con el número 3. Veía el 3 y pensaba que le iba a costar tres putts embocar. Así que yo tapo los números de mis bolas con rotulador. Me da igual. Me dijeron que el color amarillo traía mal fario... Pues desde entonces yo siempre señalo mis bolas con marcas amarillas".
Alguien que ha recorrido en sus torneos más de 50.000 kilómetros a pie es, sin embargo, un amante de los Ferrari y la velocidad. A veces se suelta en algún circuito porque la última vez que se soltó en una carretera le quitaron dos puntos del carnet. Como buen golfista, sus metáforas vitales casi siempre tienen que ver con el juego. Al hablar de los malos tiempos de Tiger Woods, nos recuerda que las bolas, cuando caen, también rebotan. "Lo único que necesita una bola es el suelo. Pues Tiger, igual. Cuando toque el suelo, volverá a subir porque él era Dios. Es algo que hace este deporte diferente. Un día eres el mejor del mundo y en el siguiente torneo no pasas el corte. Eso te enseña una constancia, una humildad, que quizá otros deportes no te muestran de manera tan contundente".
Jiménez odia el gimnasio aunque lo frecuenta, pero prefiere sentarse por las mañanas con un café espresso y un puro a leer EL PAÍS, de atrás adelante, "porque si empiezas por el principio no lo acabas, aquello te hunde la vida, con esas noticias tan trágicas". Viaja a Augusta acompañado por la familia y los amigos. Hijos que ya le pegan al golf con fuerza, que aunque aparentan que no lo hacen escuchan los consejos del padre, y amigos con los que se relaja con un vasito de vino o una partida de mus.
"A mí me gusta nuestra manera de vivir en Europa. Las ciudades norteamericanas me hacen sentir solo, todas tan iguales, tan inhóspitas, tan enormes". A lo largo de sus 23 años de profesional, nota que los cambios de mentalidad de los jugadores jóvenes son parejos al cambio de la sociedad. "Antes nos reuníamos al terminar el juego para charlar, tomar una copa, compartir el rato. Ahora todos se van corriendo con sus entrenadores al gimnasio. Todo es más ambicioso, más profesional. Son otros tiempos. Pero a mí me gusta parar, disfrutar, recordarme el gustazo de tener un trabajo que me mantiene y que al mismo tiempo me hace feliz. Para jugar bien necesito vaciar la cabeza, pensar solo en el recorrido, en lo que quiero hacer, visualizarlo. Y con mis amigos necesito tocarlos, verles los ojos, estar juntos. A mí no me hables de eso de Facebook o del Twitter. Me ha pillao mayor".
Recuerda las agonías del comienzo, cuando le prestaron el dinero para los torneos o viajaba en un Peugeot 205, con el que se terminó por dar un leñazo, preocupado porque si no pasaba el corte en el campeonato no veía un duro. "Los primeros tres o cuatro torneos me quedé a uno o dos golpes de pasar el corte. Me desesperaba, era una ruina. Decidí dejarlo, pero un día fui a jugar a Bélgica y allí me quité esa presión absurda. Me fue bien, lo disfruté y me dije: 'Pero si esto es muy fácil'. Y ahí sigo mientras el cuerpo aguante".
En su paraíso de placeres tangibles, Jiménez luce una sonrisa franca, un pisha para mostrar familiaridad con alguien, el puro consumido hasta la vitola, como la vida, de la que pretende gastar también todo lo que le dejen. No sabe si votará en blanco o le vencerá finalmente la tentación de lo menos malo, pero le espera el torneo de Augusta, allá donde el placer de jugar estará representado, frente a tantas angustias, por un malagueño llamado Miguel Ángel Jiménez.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2011