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Crítica:CIRCO

El sol brilla para todos

Imagínense un entierro alegre, con el muerto vivito, coleando y dirigiendo el festivo cortejo fúnebre que le dedican sus amigos. Corteo, el espectáculo teatralmente mejor trabado de los que hemos visto del Cirque du Soleil, es una celebración de la vida, de los sueños y del sueño eterno contado como si fuera una gran entrada de payasos en una carpa celestial repleta de angelotes volanderos. Daniele Finzi Pasca, a quién conocemos aquí como director de Nomade, Nebbia y Rain, trilogía onírica del Cirque Éloize, ha contagiado al Cirque du Soleil con la teatralidad risueñamente melancólica, la estética fin de siglo y el sentido del humor surreal que le caracterizan.

La fusión entre su poética y el estilo de la compañía canadiense funciona de perlas. Finzi Pasca, habituado a trabajar con formatos más pequeños, ha concebido un graderío a dos bandas en el que hasta el espectador más alejado está a una distancia razonable del enorme escenario giratorio central que sustituye a la pista con ventaja porque las ágiles entradas y salidas de entre cajas de una velocísima bandada de acróbatas, de la charanga que corteja al difunto y de 100 personajes más crea un movimiento perpetuo que viene a ser metáfora de la fugacidad de la vida.

Algunos de los números, excelentes en su mayoría, son interrumpidos por uno de estos torbellinos. En otros, hay un foco de atención en segundo plano que obliga al espectador a escoger lo que mira. Casi todos tienen algún valor añadido: dos de los intérpretes de los brillantes malabares a cuatro, lanzan y recogen sus mazas tumbados boca arriba o mientras saltan a través de aros; en el mano a mano acrobático, Eugeniya Astashikina, cabeza abajo, marca las doce y media con sus piernas, sostenida por Antón Glazkov; al final de su dúo aéreo, el fornido ucranio Dmytro Turkeiev se cuelga peligrosamente de la grácil uzbeka Batakoz Bayatanova... Original y rematado a lo grande, el número de trapecio que abre el segundo acto, y vibrante, el de báscula, con toda la compañía levantado un suelo musical para los acróbatas. Corteo es un circo de verdad, con un gigante, dos liliputienses y una poética que remite a las viejas compañías de barraca, aunque quepa también algún momento de bonita felicitación navideña de Ferrandiz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2011