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COLUMNA

Economía sumergida

Ahora resultará que la culpa de la cifra de parados la tendrán los parados mismos, ya que no serían parados sino unos virgueros en las artes de la economía sumergida. Esto es, que percibirían prestación por desempleo mientras trabajan tan ricamente y a escondidas embolsándose millones de euros en negro, y no como otros. El asunto sería ridículo de no resultar tan trágico. Prefieren no trabajar con todas las de ley a cambio de percibir cantidades irrisorias en el mercadillo negro y quedarse sin pensión. Y en el casi millón y medio de hogares en los que todos sus miembros se encuentran en el paro, la cosa está clara: el hermano mayor repara la cama de sus padres y recibe a cambio un cigarrillo y un café con leche (en negro, claro), la hermana intermedia le remienda la falda a la pequeña y recibe a cambio un chupa-chups encontrado en la negra basura, mientras el pequeño afana en el cole todas las tizas de colores que puede a fin de ir pintando la casa, a cambio de algún que otro cachete no remunerado ya que no está todavía en edad laboral.

Todo el mundo sabe que existe una cierta solidaridad entre muchos parados y otras personas en situación precaria según la cual el manitas de la escalera resuelve a un vecino un problema de fontanería por una nadería de euros, mientras que el electricista revisa el calentador del baño a cambio de que el escayolista le eche una mirada a la grieta del falso techo de la galería. Muchas veces se trata de una pequeña actividad económica de trueque más que de economía sumergida. Por lo mismo que yo he visto, y en más de una ocasión, cómo una familia de latinos, por ejemplo, coloca a la puerta de un supermercado un carrito vacío y ruega a los que salen con la compra hecha si no podrían depositar un producto de los adquiridos en su carrito a fin de ir medio llenándolo, aunque también he visto desaprensivos (probablemente muy necesitados) que le birlan la bolsa de la compra sin más contemplaciones a las ancianitas que salen del súper.

¿Economía sumergida? La hay, sin duda. Sobre todo entre pequeños y medianos empresarios que ni se molestan en contratar a los que explotan, o que contratan por unos días o unas semanas a cambio de un salario bastante menor del que finalmente perciben, si es que lo consiguen. Pero no es ahí donde la hacienda pública encontrará los auténticos caladeros de estafas monumentales, que todo eso es calderilla al lado de los manejos de la gran banca, los recibos de las compañías telefónicas o de móviles y otros facinerosos de cuello blanco que jamás tendrán la menor duda de que su negocio se basa en exprimir a sus clientes lo máximo posible a base de ir de coca por el día y de valium por la noche. Son grandes productores de parados, esos desgraciados que andan jodiendo la economía nacional haciendo chapuzas a los vecinos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 5 de mayo de 2011