Las cosas que fluyen lentas parecen calar más, como esa lluvia que cae imperceptiblemente al principio. Laurie Anderson es ambas cosas a la vez, una lluvia que cae parsimoniosa y tenue y aquella persona que mantiene un punto de ingenuidad atreviéndose a mirar al cielo del que se descuelga el agua. Bien podría ser esa una imagen sugerida por el espectáculo Delusion, que la artista norteamericana presentó el viernes en el Auditorio de Girona en el único concierto ofrecido en Cataluña.
Delusion son varios textos en los que aparecen temas recurrentes como la figura de la madre, la muerte, el absurdo, la identidad, lo surreal, los dislates de nuestra civilización, la condición femenina, la familia y la fantasía. Todo ello regado con una ligera capa de humor fruto en este caso de una mirada inteligente que no quiere ser airada. Con tres pantallas que recogen un juego de proyecciones, el centro del espectáculo es la voz de Laurie y su capacidad de fascinar.
Laurie, deambulando sola por el escenario, extrayendo de su violín arranques de furia que contrastan con la serenidad de su voz, mostrando siempre una mirada inteligente y ocasionalmente sorprendida, atrapa y cala, empapa y pregunta, se mira a sí misma y hurga en los sentimientos del espectador. Apoyada por una sucinta base electrónica, se exhibió como artista sensible en permanente estado de vigilia, una hacedora de preguntas cuya intención no es detenida por paraguas alguno.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 2011