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Análisis:ANÁLISIS

Luces y sombras

Me asombra del sector inmobiliario valenciano su capacidad de adaptarse a ciclos abruptos y despiadados. Pasa de lo más inflacionario en materia de precios de mano de obra, materiales y suelos, a los mayores abismos de falta de demanda, escasez de financiación, y sobreabundancia de oferta de producto e iliquidez por el suelo como materia prima.

Es un sector que ha generado las mayores y más súbitas fortunas, o las más sonadas y rotundas ruinas. Asumimos perfectamente como pueblo, que el éxito y fracaso económico es cíclico, y al parecer, está íntimamente relacionado con el negocio del ladrillo. Todos conocemos a industriales de otros sectores que, cuando se calienta el ladrillo, invierten en él, porque reconocen que les da a ganar, más que la fabrica en muchos lustros. No cuentan a nadie, las fábricas que el ladrillo se ha llevado por delante en las crisis inmobiliarias.

El sector ha creado las mayores fortunas y las más sonadas ruinas

El desajuste no ha terminado pero ya se ha recorrido gran parte del trayecto

Es un sector que cautiva y repele por igual, a ricos y a pobres, a industriales y a financieros, a gentes de campo y de ciudad, a autóctonos y foráneos. No tiene barreras de entrada, pero todos quedan atrapados en sus telarañas cuando amanece tras la bacanal. Cautiva por muchos y muy variados motivos: porque nos sentimos poderosos por los volúmenes de capital que manejamos, por la capacidad de modificar la realidad circundante, por el poder que da contratar a muchas y variadas empresas auxiliares, por el efecto multiplicador de las inversiones, por la creatividad que puede desplegar el que promueve, por la impronta y legado edilicio que legamos a generaciones futuras. Y repele por las mismas causas.

Cuando el sector despierte de un invierno como el actual, la locura volverá a campar por nuestras tierras. El pobre se volverá rico, especulando con las hanegadas de tierra que cultivaron sus ancestros, el rico invertirá lo propio y mucho más a crédito, para hacerse con los mejores emplazamientos, el ego y la vanidad de muchos personajes exitosos volverán a copar los tótems y vallas publicitarias más grandes y vistosas de ciudades y carreteras, y las listas de ricos y famosos se volverán a llenar de promotores inmobiliarios, como no hace mucho. Y el legado en nuestro paisaje será proporcional al gusto imperante y la sensibilidad de todos los que intervienen en el proceso, que son muchos.

A menudo comento con amigos sobre el carácter cíclico de esta industria, y sobre lo diferente o no de esta crisis. Soy de los que piensa que no deja de ser una variante de todas las anteriores, pero esencialmente, una más. Han cambiado los tiempos y algo las formas, pero al fin y al cabo, lo que ha ocurrido es que hemos pasado de tener sobreabundancia de liquidez dirigida hacia el sector inmobiliario y generar una inflación de precios en el mismo, a desaparecer súbitamente dicha liquidez y hundir dichos activos. Todo lo demás son consecuencia de lo anterior.

El periodo de desajuste del mercado no ha terminado, aunque gran parte del trayecto ya lo hemos recorrido. En un par de años habremos alcanzado la cordura requerida para que las inversiones inmobiliarias se hagan con la cabeza y no con el estómago. Será el tiempo ideal para los profesionales serios. Es cuestión de aguantar. ¡Ánimo!

Ignacio Jiménez de Laiglesia es especialista en gestión empresarial inmobiliaria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 2011