El ciclo anual de danza del Centro de Arte de la Plaza de Colón se ha abierto este año con la revisión de un clásico del ballet romántico: Giselle, traído a nuestros días, al ambiente discotequero y a un intento de hacer contemporánea la historia legendaria que recogiera Heine: los espíritus de las vengadoras willis emergiendo del fondo de los bosques. Pero los clásicos son como una frágil porcelana, muy vulnerables a ciertos vapuleos que en este caso se vuelven ignominiosos, gratuitos y fuera de lugar.
El resultado del experimento de Campos es fallido porque no ha medido bien sus límites ni profundizado en el terreno que pisaba. Es verdad que la compañía ha pasado recientemente por apuros logísticos, pero es como si no calculara sus posibilidades reales de llevar a cabo una producción de tal envergadura; quizás un formato más modesto le permitiría mejor resultado.
Giselle (La mujer de agua)
Coreografía: David Campos; música Adolphe Adam y Llorenç Peris; vestuario: Irene Sabas; luces: Kilo Planas; vídeo: Joan Brobot. Teatro Fernán Gómez. 4 de junio.
No hay necesidad de emborronar la partitura de Adam para hacer una Giselle moderna. Ya lo probó el sueco Mats Ek, a quien este intento debe más de lo que aparenta; Ek mostró ejemplarmente que el versionado es tan lícito como posible si se realiza con altura estética y creativa. Esa electrónica machacona sobre los temas originales hiere el buen gusto y el oído y contribuye a tapar los pocos aciertos del montaje, como su despliegue audiovisual o la entrega individual de algunos de los bailarines. El trabajo de vídeo con el juego de dos proyecciones alternas frontal y de fondo, permite efectos poéticos realmente subyugantes y que se relate bien la historia, que se logre la atmósfera de irrealidad.
La idea de sostener fragmentos coreográficos originales dentro del popurrí es otro desatino, ya sea la variación de Giselle del primer acto (mal ejecutada) o frases del pas de deux del segundo cuadro. Eso no representa cultura coréutica, sino muy al contrario, refleja que los montadores no entienden que no se trata de pasos o evoluciones más o menos complejas en lo técnico sino de arte, de sustanciar ese material en el estilo, que es lo que le da su sentido último y principal. Los pasos por sí mismo no son nada. El corta y pega resulta aleatorio y deslavazado y desaprovecha las posibilidades de un guión que sin ser brillante, tenía posibilidades de explotación.
La revisión de un clásico lleva aparejado una cierta concienciación sobre la estructura (eso es lo que hizo, por ejemplo, Petipa en el siglo XIX con obras ajenas y sin descuidar la coherencia musical); poner a los espíritus de las chicas muertas a jugar a los vampiros no encaja adecuadamente, suena a serie de televisión. El nivel de la compañía es irregular y a ratos roza el amateurismo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 2011