Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, una tenista china ha hecho en París que el deporte lo sea también por derecho propio. Y el español de siempre, en idéntica cancha, se ha coronado rey de la tierra batida por sexta vez. El tenis en China vive una situación comparable a la de la España de los años sesenta. El tenis era entonces una distracción de señoritos, cuando un humilde recogepelotas alucinó a todo un país ganando -como el sábado la china Li Na- el campeonato mundial oficioso en tierra batida.
Manuel Santana homologó con su primera victoria en Roland Garros el deporte anglosajón en tierra de garbanzos. Y el número de jugadores federados creció en espiral. Era el comienzo de una historia que prolongaba ayer Rafael Nadal en el mismo escenario parisiense, igualando el récord estratosférico de Borg: seis veces el mejor.
Hasta hace muy poco el tenis era en China un deporte que se practicaba a puerta cerrada, en selectos clubes privados que el peculiar comunismo de Pekín permite al igual que el enriquecimiento personal. Pero el león dormido se está desperezando. Ya hay 12 millones de jugadores federados dispuestos a dar su Gran Salto del Tenis hacia Adelante.
Li Na, que es la primera tenista, no solo china sino asiática, en ganar un torneo de Gran Slam, ya había avisado el año pasado cuando llegó a semifinales en otro grande, y a sus 29 años, relativamente mayor para un o una tenista de primera línea, representa incluso físicamente la mayoría de edad del deporte de la raqueta en China. Y el jugador manacorense ratifica implacable que en estos tiempos de sinsabor económico el deporte es aún el refugio de la esperanza.
Ya los Juegos de Pekín en 2008 fueron una tarjeta de presentación política de China, que compite con éxito en modalidades deportivas más proletarizables, esas que el Estado promociona, como atletismo, natación, gimnasia, disciplinas colectivas. Pero el triunfo de Roland Garros es distinto; una prueba añadida de que China lo quiere todo: hasta el cetro del deporte preferido de los señores de Occidente.
¿Y qué decir de Rafael Nadal? Que ante su dignísimo adversario, Roger Federer, siguió siendo el número uno.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 2011