La cadena de tiendas Coop Norway ha retirado de la venta los dos videojuegos con los que se entretenía Anders Behring Breivik, el autor de los atentados de Oslo y la isla de Utoya. Se trata de Call of duty y World of Warcraft, dos productos en los que la violencia desempeña un papel esencial ya que cada jugador avanza en la partida en la medida en que consigue liquidar con mayor habilidad y rapidez a sus enemigos. En el primero de ellos, además, las imágenes son de un realismo impactante (las amputaciones y heridas se reproducen con un detallismo morboso) y están ambientados en diferentes escenarios bélicos históricos, como la Segunda Guerra Mundial. En su manifiesto de 1.500 páginas, Breivik hace alusión a una de las versiones de este videojuego, y explica por qué la utiliza: "Me sirve, más que nada, como parte de mi simulación de entrenamiento".
El vicepresidente de las tiendas noruegas ha manifestado que no hay razones para creer que exista relación alguna entre el uso de videojuegos violentos y la ejecución de matanzas como la que realizó Breivik, pero que se ha tomado la decisión "por respeto a aquellos afectados directamente por el suceso". No consideran que esos productos sean dañinos, pero a pesar de todo han dejado de venderlos.
Vuelve así el viejo debate sobre si la violencia que se cultiva o se consume en los universos imaginarios de los juegos o las ficciones influye finalmente en los sanguinarios episodios que ocurren en el mundo real. Y, de paso, regresa también la tentación de prohibir. Coop Norway explica que no quiere vender los videojuegos por respeto a las víctimas, pero lo que al final transmite, al margen de sus declaraciones, es que parte de la culpa de la barbaridad que cometió Breivik se encuentra en esas batallas virtuales con las que se entretenía.
No hay relación directa entre la violencia de los videojuegos y la violencia real, sostienen los expertos. Más aún, hay informes que destacan que esos videojuegos pueden contribuir a la educación de los menores, estimulando su pensamiento innovador, sus habilidades estratégicas, su creatividad o su capacidad de cooperar. Prohibirlos pues no es más que el falso consuelo con que se pretende sortear la magnitud del horror.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de agosto de 2011