Lo portentoso fue que un día, en la calle, mi madre señaló a una chica de mi edad. ¿Sabes quién es?, dijo. No, dije yo. Es, dijo mi madre, la niña que no murió en el accidente. Dijo eso y se quedó callada, creo que observándome. No era necesario que añadiera nada más, pues en mi vida solo había habido un "accidente" (también en la de ella, por lo que con el tiempo iría averiguando). ¿Qué accidente?, pronuncié con todos los síntomas del pánico empujando desde los intestinos. El del puente, logró articular ella reprimiendo también su miedo, ¿no te acuerdas?, hace dos años, cuando alguien tiró una bola de cristal a los coches que pasaban por debajo. Ah, dije yo, e intercambiamos una brevísima mirada repleta de un espanto de ida y vuelta.
Yo sufría lo que mis padres llamaban "crisis de ausencia". Me gustó el nombre
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Continuamos andando el uno junto al otro, intentando mantener las apariencias. Volvíamos del médico porque yo estaba muy delgado y había sufrido algún episodio de lo que mis padres nombraban como "crisis de ausencia", que consistía en pérdidas aparentes de conocimiento durante las cuales interrumpía lo que estaba haciendo, fijaba la mirada en un punto y no hablaba. Excepto la primera, las demás fueron fingidas y estimuladas, sin querer, por ellos. Sucedió que una noche, durante la cena, yo estaba rememorando el "accidente" con tal intensidad que me abstraje de todo cuanto me rodeaba durante unos segundos. Mi madre, preocupada por mi cara de ido, con la cuchara suspendida en el aire, me interpeló sin hallar respuesta. Asustada, me zarandeó para que volviera en mí. Más tarde, cuando espiaba una conversación entre ellos, mi padre pronunció la expresión "crisis de ausencia", para referirse a lo sucedido. Me gustó que tuviera nombre, y que fuera tan sugerente. Por eso, y porque les preocupaba, perfeccioné el método y les serví a lo largo de los días siguientes tres o cuatro ausencias que aconsejaron la consulta de la que ahora regresábamos y a las que el médico, tras examinarme, quitó importancia, atribuyéndolas, como mi delgadez, a trastornos de crecimiento.
La recogieron unos tíos suyos que viven cerca de aquí, añadió mi madre refiriéndose de nuevo a la niña superviviente, que según advertí no era ciega ni paralítica, pero sí coja, algo que en mis fantasías había descartado por completo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de agosto de 2011